miércoles, 29 de mayo de 2019

El Laberinto del Fauno



Del Toro, G. 2006. El Laberinto del Fauno.

Está a punto de publicarse (el próximo 2 de julio) el libro en el que Cornelia Funke expande, junto con Guillermo del Toro, la magnífica historia de la película que se estrenó hace ya 13 años (1). He vuelto a ver la película, que no ha perdido un ápice de su atracción, por saber combinar de forma magistral la realidad con la imaginación.

Según Cornelia Funke, la fantasía es el mejor medio de comprender la realidad: "El  laberinto del Fauno has been my favourite movie since I first watched it. It demonstrates what I believe to be true: that fantasy is the sharpest tool to develop and unveil the miracles and the terrors of our reality" (2). Esta película es uno de los mejores ejemplos de unión entre la fantasía más pura y la realidad más cruda.

La fantasía se produce en la mente de la niña protagonista, aficionada a la literatura y los cuentos de hadas. Como ya sabemos por Bruno Bettelheim (3), el cerebro de un niño necesita de este mundo ficticio no solo para escapar de la realidad cuando ésta es terrible, sino también como medio de comprenderla, aceptarla y superarla. La realidad que a Ofelia le ha tocado vivir solo puede ser entendida y digerida a través de la imaginación y un mundo poblado de monstruos y hadas. Para la niña, estos monstruos y hadas son tan reales como la realidad misma, y la película se encarga de hacernos ver que solo están en su mente, ya que no son vistos por nadie más. De la misma forma que la niña Bernadette es la única que ve a la "Señora" en la película sobre las apariciones de Lourdes (4), Ofelia es la única que ve al Fauno. Ambas viven una realidad terrible, y ambas encuentran consuelo en su mundo de ilusión.

Una vez más, nos chocamos con el "hambre de irrealidad" (5), una idea que nos aparece constantemente porque es una necesidad del ser humano, especialmente en la infancia. En los niños, esta etapa del pensamiento, el pensamiento mágico, es crucial y no puede ser eliminada, pues sin ella no se produce un adecuado desarrollo psicológico posterior. En los adultos, debe evolucionar de forma que, aunque no desaparezca y pueda seguir viva toda la vida, se sepa discernir perfectamente entre los dos "campos de sentido", siguiendo la terminología de Markus Gabriel (6), y se tenga claro siempre que existen trolls en la mitología nórdica, pero no en Noruega.

Esta película, y sin duda el libro que va salir publicado basado en la misma, es un canto --bellísimo y terriblemente crudo a la vez-- a la necesidad de los cuentos de hadas, la imaginación y la ilusión como formas de entender, asimilar o escapar de la realidad en la infancia.

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Guillermo del Toro ha manifestado en varias ocasiones su deuda con el cine de Víctor Erice, en concreto con la película El Espíritu de la Colmena, sin duda la obra maestra definitiva sobre la mezcla de realidad y fantasía en la mente de los niños.


(1) Libro sobre la película

(2) The book is coming out 

(3) Bettelheim, B. 1983 (6ª ed.) Psicoanálisis de los Cuentos de Hadas. Crítica

(4) King, Henry. 1943. La Canción de Bernadette.

(5) Vargas Llosa, M. 2011. La Verdad de las Mentiras. Alfaguara

(6)Gabriel, Markus. 2013. Por qué el Mundo No Existe. Pasado & Presente.


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Ficha técnica y ficha (FILMAFFINITY)

Reseña (LA MENTE ES MARAVILLOSA)

Review (Roger Ebert) 

Review (Lisa Schwarzbaum)




domingo, 26 de mayo de 2019

Sur


Soler, A. 2019. Sur.

La ciudad como realidad insondable, como monstruo fagocitador de sueños, como infierno en la tierra, como campo de concentración, como colmena, como hormiguero, esa es la verdadera protagonista de Sur. La ciudad, "pastora de siglos, madre que nos engendra y nos devora, nos inventa y nos olvida", esa misma ciudad de la que habla Octavio Paz (1) y con cuya cita comienza el libro. Este libro que me recuerda inevitablemente a Manhattan Transfer, la inolvidable novela de John Dos Passos.

"El protagonista de Manhattan Transfer es Nueva York, ciudad que aparece en sus páginas como un hormiguero cruel y frustrante, donde imperan el egoísmo y la hipocresía y donde la codicia y el materialismo sofocan los sentimientos altruistas y la pureza de las gentes" (La Verdad Sobre las Mentiras, p.75) (2).

Así empieza Vargas Llosa su reseña de la novela de 1925 de John Dos Passos, que se podría aplicar casi en su totalidad a la novela Sur de Antonio Soler. El hormiguero como metáfora es una constante a lo largo de toda la novela. El autor se propone la proeza de retratar una ciudad, Málaga, en un solo día, desde que amanece hasta que anochece, y para ello se sube a su atalaya, y sube y sube hasta contemplar la ciudad como un inmenso hormiguero en el que sus habitantes se afanan en su supervivencia diaria, como enloquecidos, sin rumbo fijo, en espirales y círculos sin fin, idas y venidas sin sentido, sin otra meta que sobrevivir un día más.

Hay que tener mucho valor para acometer empresa tan ambiciosa. Hacer esto con un grupo reducido de personajes pertenecientes a una clase social o a una familia, ya es un reto, como hace Chirbes en Crematorio (imposible no recordarlo al leer Sur). Pero aquí el círculo se expande de forma increíble, pues nos sumergimos en todo un mundo, un microcosmos compuesto por más de doscientos personajes de todos los estratos y condiciones sociales cuyas vidas se entremezclan, se rozan, se influyen, se unen y se separan por azar o por necesidad.

Sigue diciendo Vargas Llosa de la novela de Dos Passos: "En pocas novelas se advierte tan bien como en Manhattan Transfer la propensión totalizadora que anida en la ficción narrativa, esa vocación numérica de querer extenderse, crecer, multiplicarse en descripciones, personajes, episodios, hasta agotar su mundo, hasta representarlo en lo más vasto y en lo más mínimo, en todos sus niveles y desde todos los ángulos" (p.81). Todo esto podría referirse perfectamente a la novela de Soler, por su ambición de captar una realidad tan inabarcable como la de una gran ciudad. A pesar del número de personajes, todos están perfectamente dibujados y no nos quedamos tan solo en la superficie de sus actos, sino que descendemos a sus motivaciones, anhelos, frustraciones, ilusiones, decepciones y miedos. Las historias se entremezclan, surgen repentinamente, se diluyen, mientras van pasando las horas del día. El narrador omnisciente transmite una mezcla de hastío y repulsión, pero a la vez comprensión, compasión y ternura ante el incesante hervor del hormiguero, como hace uno de los personajes:

"Céspedes siente ternura por ella. Por él, por todos. Por esas figuras aisladas que atraviesan la calle esquivando hoy el calor y mañana el frío, por los que conducen esos coches que pasan detrás de los vidrios, por los que están, sin cara ni nombre, detrás de las paredes de esos edificios que se levantan a su alrededor, todos creyendo que rigen sus destinos, alucinados, persiguiendo visiones, espejismos. Tejiendo laboriosamente una tela de araña sin pensar que un soplo de brisa se la llevará por delante. Inocentes, bondadosos, esforzados, limpios. Toda esa gente mejor que él. Los ha conocido, ha vivido con ellos. Y se ha olvidado de ellos. Céspedes siente que algo se ablanda, no solo en su interior, sino en la corteza del mundo. Y al final todos mezclados y todos huérfanos, todos subidos en esa balsa de la Medusa" (p.360)

La Balsa de la Medusa, el famoso cuadro de Theodore Guericault, es una excelente imagen de la ciudad como un conjunto de náufragos intentado sobrevivir hasta llegar a algún Puerto. En las vidas erráticas de los personajes no hay esperanza, todos saben que no hay futuro alguno. Todos niegan la salida, pero siguen empeñados en sobrevivir. "Ilusiones. Barataria" (p.446). Sólo una, la loca Belita, la iluminada Belita, sigue creyendo que "cada día, por todas partes, el milagro existe y es posible encontrarse con la Verdad, es posible que todo lo malo se borre" (p. 446). Mientras tantos, todos los demás, como hormigas obreras, se levantan , se afanan, se esfuerzan, andan, corren, trabajan, comen, duermen y sufren.

Seguimos con Vargas Llosa y Manhattan Transfer: "la vastedad del mundo que se abre ante nuestros ojos da, a veces, vértigo. El centenar de personajes que se mueven en sus ciento treinta episodios insinúan muchedumbres, una humanidad luchando  --la mayor parte de las veces, en vano -- para tener éxito" (p. 82) Realmente Sur produce a veces vértigo, el vértigo de asomarse a una realidad infinita y cruel. Es "realismo crítico" (siguiendo la terminología de Lúcaks) en su sentido más estricto.
Magnífica y valiente novela, pura realidad.

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(1) Poesía de Octavio Paz, "Hablo de la ciudad"

(2) Vargas Llosa, M. 2011. La Verdad de las Mentiras. Alfaguara.


Reseña (TODO LITERATURA)

Reseña (EL CULTURAL)

Reseña (DIARIO SUR)

Reseña (INFOLIBRE)

John Dos Passos, Manhattan Transfer (Revista de Libros) 


domingo, 19 de mayo de 2019

La Canción de Bernadette



King, Henry. 1943. La Canción de Bernadette.

El tema de los milagros es muy interesante, por encontrarse en el terreno incierto que divide la ilusión de la realidad. Para algunos, son pura ilusión. Para otros, realidad. Una de las razones por las que alguien puede creer en ellos es porque piense que hay muchas realidades que se solapan y que el universo que vemos no lo es todo. Por ejemplo, dice Markus Gabriel en el primer libro de su trilogía:

"El universo existe, es un hecho... lo que sostengo es que el universo no es el todo" (p.16).  "No hay un mundo, sino un número infinito de mundos que se solapan en parte, pero que también son independientes entre sí" (p.73).

Hay que tener mucho cuidado con estas afirmaciones. Es cierto que la realidad no es solo lo material, y que los pensamientos y las emociones y los sueños existen. De acuerdo. Pero hay que evitar el solapamiento de mundos que no pueden relacionarse entre sí. Si leemos el artículo de Verdad y Fe (ver abajo) sobre los milagros, veremos que se utilizan argumentos muy similares a los de Gabriel para dar validez a los milagros desde el punto de vista religioso: que el universo no lo es todo, y que hay muchas más realidades que no vemos. El mismo Gabriel reconoce el peligro:  

"Podemos ubicarnos en un campo de sentido equivocado. En ese sentido, uno se engaña cuando piensa que hay trolls en Noruega, ya que aunque sí los hay en la mitología nórdica (y en particular en la noruega), eso no prueba que los haya en la realidad" (p.96).

Si le damos el mismo estatus a la realidad física que a la mental y creemos que pueden entremezclarse indistintamente, terminaremos confundiéndolo todo, por la mezcla absurda de "campos de sentido". Entonces llega el problema, si creemos que hay trolls andando por Noruega. Los trolls, siempre, deben seguir donde les corresponde.

El clásico La Canción de Bernadette de 1943, basado en la novel homónima, es una excelente película que puede servir de base para reflexionar sobre el asunto. La película relata todo el proceso de apariciones que tuvieron lugar a mediados del siglo XIX ante una niña de Lourdes, y que posteriormente se convirtió en un fenómeno de masas y sanaciones milagrosas que dura hasta hoy en día, llegando a ser uno de los centros más importantes del mundo en peregrinación religiosa, no sólo católica, sino universal.

La película, hecha desde el punto de vista católico, no deja lugar a dudas sobre su postura: la absoluta veracidad de las apariciones de la Virgen a la niña (Jeniffer Jones, en un papel magnífico) y los milagros posteriores con su explicación religiosa/católica, y por otro lado la maldad radical del fiscal imperial, personaje escéptico y cínico (interpretado por el inolvidable Vincent Price), descreído y sin fe, materialista y fundamentalista científico que no da ni un ápice de credibilidad al episodio, y trata con una crueldad e impiedad inhumanas a la pobre niña y los que la siguen. Al ver la película es imposible no aborrecer a este personaje, que curiosamente también se parece mucho al científico determinista y reduccionista que elige Gabriel como ejemplo de todos los científicos. Intentaremos no reproducir aquí el papel de Vincent Price, ser un poco más comprensivos y tener la mente un poco más abierta hacia la pobre Bernadette.

En primer lugar, ante una milagro, descartaremos la mala fe o el engaño. Es posible que esto ocurra, y la historia está lleno de ellos, pero esta posibilidad no nos interesa en esta ocasión. Si todo es un engaño, el debate acaba aquí. Es un engaño y punto. Pero concedámosle a Bernadette su buena intención. ¿Por que iba a engañarnos la niña?

Comencemos pues por dar verosimilitud a la aparición. La aparición en todo momento, de alguien que ella llama la "Señora" (no menciona a la "Virgen") solo es vista por ella. Un problema mayor tendríamos de haber sido compartida por otras personas. Pero una aparición de tipo visual no es nada extraño. La lectura del libro "Hallucinations" de Oliver Sacks da buena cuenta de la variedad de ilusiones con las que puede engañarnos nuestro cerebro, y que son absolutamente reales para la persona que las recibe.

Tengamos además en cuenta las características y condiciones de vida de Bernadette: su penosa calidad de vida, su escasa alimentación, su enfermedad que la priva de sueño y descanso. Ese cúmulo de condiciones son un caldo de cultivo perfecto para desarrollar todo tipo de alucinaciones. A esto, añadámosle su condición de niña. Conocemos el pensamiento mágico infantil (ver el libro de Bruno Bettelheim), la creación de amigos imaginarios por parte de los niños, y su capacidad y necesidad de fantasear y creer en lo irreal. Bernadette nos nos engaña, ella realmente ve lo que ve.

Vayamos ahora con las sanaciones que empiezan a producirse tras la aparición, a lo que realmente llamamos milagros. Un tuerto recupera la vista y un niño casi dado por muerto sana, ambos al entrar en contacto con el agua del manantial. ¿Por qué no van a ser verdad estos hechos? La vida en sí es un milagro, porque no conocemos sus secretos. Hasta hace poco no hemos empezado a descifrar su códigos, que ya sabemos se escriben con cuatro letras, y la medicina ha sido también hasta hace poco una ciencia que ha avanzado con palos de ciego. ¿Cuántos médicos no han presenciado curaciones que no se explican, que la misma naturaleza ha solucionado por sí misma? En muchas enfermedades el papel del cerebro es fundamental, así como la fe y las ganas de luchar de la misma persona. En otras ocasiones el efecto placebo es crucial y está bien documentado en la historia de la medicina. Y en otras ocasiones simplemente no conocemos la enfermedad, ni sus causas ni su cura, y en este último caso solo nos queda el asombro y humildad necesaria para reconocer que no tenemos aún el conocimiento necesario para dar una explicación. Por lo tanto, descartemos también el engaño en aquellos que aseguran haber tenido una recuperación asombrosa tras dirigirse al manantial. ¿Por qué nos iban a engañar? Su curaciones son perfectamente posibles y reales, y nada imaginarias.

¿Qué nos queda, pues? Si todo es cierto, entonces, ¿podemos decir que los milagros existen? Desde luego que sí, existen. Nuestro conocimiento es ínfimo con respecto a todo lo que nos queda por conocer. De forma que llamamos milagro a aquello a lo que no podemos dar una explicación. Entonces, ¿cuál es el problema?

El verdadero problema llega cuando atribuimos el milagro (que sí ha ocurrido en la realidad) a una causa sobrenatural (por ejemplo, a un troll, por continuar con el ejemplo de Markus Gabriel). Es decir, el problema empieza cuando realizamos la atribución del milagro, cuando unimos dos "campos de sentido" y hacemos que se mezclen como si estuvieran en el mismo nivel, y llegamos la conclusión de que el milagro ha sido producido por un troll o cualquier otro agente fruto de nuestra imaginación.

Y en esto no podemos acusar en absoluto a la pobre Bernadette. Ella nunca habló de ningún troll, ni de la Virgen. Habló de una señora que se le aparecía, y así fue realmente para ella. Fue la gente alrededor la que empezó a hablar de la Virgen, y aquí es cuando interviene el último factor: el hambre de irrealidad del ser humano (ver el libro de Vargas Llosa). La necesidad de cambiar nuestra cruda realidad, de escapar de ella, de encontrar un poder sobrenatural que nos auxilie en este mar de sufrimiento. Esta necesidad también es comprensible, y por tanto también procederemos a entender esa ilusión, la misma ilusión que los niños sienten por los reyes magos, de que alguien ahí fuera puede venir a remediar un poco todo esto.

Pero aún queda un último escalón. Bernadette solo mencionó a la Virgen al final, en la última aparición y además no con ese nombre, sino con el de la "Inmaculada Concepción". La niña no tenía ni idea del dogma, entre otras cosas por su absoluto desconocimiento de teología, y además porque el dogma había sido proclamado justo dos años antes, curiosamente. Aquí llega ya la institución, la religión establecida, los dogmas, y el poder. Y es aquí donde nos topamos con la parte realmente dura de tragar, porque es aquella que quiere hacernos comulgar con ruedas de molino: cuando se afirma de manera rotunda y dogmática que el milagro es producido por un ser venido de otra dimensión. Aquí ya no podemos ser tan condescendientes como hemos sido hasta ahora, porque entramos en la parte de utilización interesada del milagro.
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¿Los Milagros son posibles? (Verdad y Fe) 

Ejemplos de filósofos que han tratado el tema de los milagros: Voltaire, Spinoza o Hume:

Milagros (Dicionario filosófico de Voltaire)

El problema del milagro en la fiosofía de Spinoza (Ricardo Hurtado Simó)

David Hume, las probabilidades y los milagros (Un pensador católico contra el mundo)



viernes, 17 de mayo de 2019

El Sentido del Pensamiento



Gabriel, Markus. 2019. El Sentido del Pensamiento. Pasado y Presente.

Tercer libro de la trilogía sobre el Nuevo Realismo, que se centra en las características de nuestro pensamiento y lo que lo hace único: "Mediante nuestro pensamiento conectamos realidades distintas entre sí y, de esta manera, creamos nuevas realidades" (p.11). Esta es la idea central del libro: nuestro pensamiento nos permite conocer la realidad y a la vez crea realidades nuevas. "Nuestro pensamiento es parte de la realidad, es algo real en sí mismo, como lo son nuestros sentimientos" (p. 29). Somos parte de la realidad, podemos aproximarnos a ella y reconocerla, gracias a nuestros sentidos, y uno de ellos es el pensamiento.

Basándose en pensadores como Paul Boghossian, Gabriel sigue con su cruzada contra el posmodernismo y la idea de que "no existe ninguna verdad, hechos objetivos o la realidad" (p.13). Nuestro pensamiento es un acto sensorial, como la vista o el oído, que nos permite acceder a la realidad. Tiene un sustrato biológico y por ello solo los seres vivos tienen capacidad de pensamiento (Gabriel llama a esto externalismo biológico). No es simplemente procesamiento de información, como pretende hacernos creer la era digital y de la inteligencia artificial. Gabriel sigue arremetiendo contra el transhumanismo que quiere convertirnos en ciborgs o en inforgs, huyendo de nuestra verdadera realidad sin aceptarla. Solo el humanismo ilustrado puede guiarnos, reconociéndonos como seres espirituales. Debemos de huir del materialismo dominante en nuestros días, que considera que todo lo que existe es solo materia.

La realidad es algo muy complejo, donde se entrelazan infinitos campos de sentido. No hay ningún análisis que pueda abarcarla en su totalidad. Hay infinitud de realidades. Nuestro pensamiento nos permite orientarnos en esa infinitud. Es cierto que hoy en día, en la era de la información, la realidad se ha hecho aún más compleja en inabarcable, debido a la cantidad de información a la que tenemos acceso. Pero la realidad no la conocemos solo a través del empirismo, del cual reniega Gabriel. Pensamos, abstraemos, formulamos hipótesis, y así avanzamos. Nuestro pensamiento nos permite ir mucho más allá del universo de las cosas: "podemos pensar en números, dolores, justicia, pero también en partículas elementales o materia oscura" (p.69).

Gabriel se desmarca de nuevo del constructivismo, que afirma que nosotros construimos la realidad, y se apunta a lo que denomina seleccionismo perceptivo: gracias a los sentidos y a los conceptos percibimos y comparamos y "debido a nuestra dotación y a otras cuestiones, ciertos aspectos de la realidad que permanecen ocultos a otras personas y a otros seres vivos no humanos nos resultan accesibles a nosotros. Esto no significa que falseemos o distorsionemos la realidad a través de nuestros conceptos y registros. Por el contrario, significa que la percibimos tal como es, pero solo parcialmente" (p. 72).

El filósofo alemán se afana por diferenciar el pensamiento humano del supuesto pensamiento de la inteligencia artificial. Nuestro estado mental está compuesto de pensamientos y sentimientos, intenciones, sensaciones viscerales, emociones, con el apoyo de todo nuestro organismo biológico. Nuestra inteligencia no es un software instalado en el cuerpo de un primate. Gabriel ataca frontalmente el funcionalismo, que pretende que nuestra inteligencia es simplemente procesamiento de datos. No somos un sistema operativo, ni un dispositivo diseñado por nadie. Nuestra inteligencia funciona en modo analógico, bajo presión de tiempo, con un interés centrado en la supervivencia y basándose en un lenguaje que somos capaces de comprender por nuestra dotación biológica y el trasfondo cultural que compartimos.

Gabriel argumenta contra la digitalización utilizando los argumentos de Heidegger contra la técnica: "La esencia de la técnica es la idea de que la realidad, en su conjunto, es predecible y, en consecuencia, está disponible para nuestros fines; por lo tanto, deberíamos hacer que todo lo que existe fuera libremente accesible para el aprovechamiento del ser humano" (pp.189-190). Pero la frontera del conocimiento se desplaza de forma dinámica, y ese vacío que queremos llenar permanentemente de conocimiento genera miedo y vértigo, porque nunca deja de existir. No afrontar ese vacío no es más que escapismo de la realidad, que queremos simplificar como si fuera simplemente un conjunto de aparatos o un gran ordenador. Pero esto es falso, no podemos registrarlo todo, "sencillamente, no podemos analizar el espacio-tiempo más allá de lo que permite el Big Bang" (p.199).

Creemos actualmente que podemos crear un mundo feliz de algoritmos perfectos, pero no debemos caer en el peligro de delegar nuestras decisiones en programas informáticos (tema desarrollado por harari en sus libros Homo Deus y 21 Questions for the 21st Century). Se ha extendido la creencia de que nuestras percepciones no son más que una simulación o una ilusión, pero esto no es cierto: nuestros sentidos son algo real en contacto con lo real. La idea de la simulación, fomentada por el posmodernismo, tiene su mejor ejemplo en la película Matrix, pues formula de manera acertada la sospecha posmoderna de que la realidad es bastante deficiente" (p.269). (En otra entrada del blog analizamos las conexiones de Matrix con la filosofía). Gabriel habla de Black Mirror, Los Sims, y otras películas y series de ciencia ficción para devolvernos a la realidad y demostrar la falsedad de que vivamos en una simulación.

Markus Gabriel introduce en la realidad no solo la materia y lo empírico, sino todo lo que somos capaces de crear y pensar: "Los campos de sentido a los que nos da acceso nuestra imaginación y a los que podemos inferir carácter objetivo a través de obras de arte, videojuegos, novelas, fantasías e ideologías son en sí mismo algo real. en esto consiste el concepto de nuevo realismo" (p.259). Lo real es impredecible, infinito, por eso no es abarcable por la ciencia o la tecnología. Es algo mucho más complejo, contingente, no se puede reducir a partículas y a la materia, es heterogénea y de naturaleza variada. Es imposible querer saberlo todo, dominarlo todo. No somos omniscientes, pero tampoco somos esclavos del inconsciente ni víctimas de impulsos atávicos que determinan de forma cerrada nuestros pensamientos. Tenemos un componente biológico, sí, pero este no es una restricción absoluta. Podemos pensar, crear modelos, inventar, crear historias. No somos ni un animal condenado a seguir las pautas de la evolución, ni tenemos que crear un Superhombre, fantasía creada por el transhumanismo, que "aspira a una forma más elevada de existencia humana en forma de información pura que vive en una infoesfera que ya no es biológica" (p.309). Esto no es más que una ilusión que desprecia profundamente nuestra condición humana.

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El libro contiene una bibliografía muy amplia e interesante, pero hay tres citas que me han llamado especialmente la atención:

1) "Sigmund Freud diagnostica en su libro El Malestar de la Cultura un rechazo general del ser humano hacia la imposición de la realidad" (pp.122-123)
2) "...David Chalmers que en 1966 publicó un sensacional libro titulado La Mente Consciente (The Conscious Mind...)"(p.139)
3) En su libro Movilización Total el filósofo italiano Maurizio Ferraris argumenta la revolución digital a través del hecho de que Internet asume una función, en última instancia, militar" (p.146)


Reseña (LA VANGUARDIA)

Reseña (EL DEBATE DE HOY)

Entrevista (EL PAIS)


domingo, 12 de mayo de 2019

Yo No Soy mi Cerebro


Gabriel, Markus. 2016. Yo No Soy mi Cerebro. Filosofía de la Mente para el Siglo XXI. Pasado & Presente.

En su segundo libro de la trilogía, Markus Gabriel se esfuerza por demostrar que el libre albedrío no es una ilusión. Este libro es, pues, el negativo de Incógnito, el libro de David Eagleman, que lo desmonta por completo desde el punto de vista neurológico.

Desde el principio, deja clara su posición: anti-naturalista, anti-materialista, anti-neurocentrista (1), anti-estructuralista, defensor de la religión y del Nuevo Realismo: "El Nuevo Realismo filosófico alega que nuestros pensamientos no son menos reales que aquello sobre lo que pensamos, y que por tanto podemos conocer la realidad y no solo los modelos que nos hacemos de ella" (p.28). De acuerdo, pero siempre añadiendo, según mi opinión: "sin conceder a ambos mundos el mismo estatus ni dejar que se solapen entre ellos".

Su objetivo es destronar a la ciencia como reina absoluta de la investigación de la realidad y devolver el cetro a las humanidades; demostrar que el ser humano es algo más que un conjunto de células y neuronas. Para él, "el neurocentrismo es una combinación de neuromanía y "darwinitis" (p.35). No se atreve a denominarse anti-darwinista, pero sí ironiza con el término. La "darwinitis" es la "convicción de que solo nos podemos entender como criaturas espirituales si se explora el cerebro teniendo en cuenta su historia evolutiva" (p.35). Según Gabriel, esto es lo que el neuro-centrismo piensa de nosotros: "cerebros integrados en máquinas, motivados por su egoísmo en la lucha por la supervivencia de la especie" (p.75).

Por supuesto que no somos solo nuestro cerebro. ¿Quién mantiene esto? El cerebro es parte de nuestro cuerpo, somos más que cerebro, somos un cuerpo. No hace falta más que ver toda la investigación de Antonio Damasio sobre este asunto, y la relación de nuestros pensamientos y nuestras emociones y sensaciones corporales. Somos también, por supuesto, interacción con otros, seres sociales por naturaleza. ¿Quién lo niega? Nos construimos a partir de la interacción con otras personas. Somos, por supuesto, algo más que un conjunto de neuronas, puesto que disponemos de algo llamado conciencia que la ciencia aún no ha conseguido descifrar. ¿Quién afirma haber hallado la clave de la conciencia? Es la última frontera, aún no explicada. Pero Gabriel quiere ir más lejos que todo esto: quiere restituir el "espíritu", expulsado según él de las ciencias y las humanidades.

Gabriel se confiesa seguidor de Jean Paul Sartre y el existencialismo, denominando su filosofía "neo-existencialismo: "El neo-existencialismo afirma que el hombre es libre en la medida en que tiene que hacerse una imagen de sí mismo para ser alguien" (p.29). A su vez, Gabriel se declara anti-estructuralista: "el estructuralismo supone que los propósitos humanos son una especie de ilusión, que es provocada por la pertenencia de los individuos a las estructuras del sistema" (p.63). Es decir, según él, no estamos determinados por nuestro cerebro, ni por nuestro ADN, ni por nuestras condiciones socioeconómicas. Somos responsables de nuestro proyecto de vida, aunque sea un alivio soltar la responsabilidad de nuestra libertad en nuestra neuroquímica y en nuestras condiciones de vida.

El filósofo alemán también se declara anti-empirista (p.85), esto es, la tesis de que la única fuente de nuestro conocimiento sea la experiencia sensorial. Hasta la ciencia más empírica necesita de hipótesis, teorías, apriorismos. También es anti-fisicalista, es decir, la tesis de que todo en la naturaleza se compone de partículas elementales con un comportamiento descrito por la leyes naturales (p. 125). Gabriel reivindica el "espíritu", nuestro derecho a tener esperanzas, creencias, opiniones, dudas, intenciones (p.98), "a perseguir tonterías, a la ironía y a las ilusiones, siempre y cuando no perjudiquen a nadie, que por su parte también quieren perseguir sus ilusiones"(p.117). Dice un poco más adelante: "Hay que examinar también ese afán como fuente de ilusiones, a las que no podemos renunciar, ya que solo mediante ellas llegamos a ser quienes somos. Una conciencia puramente desinteresada y contemplativa no sería acorde a nuestra manera de ser. Nos rodeamos desde hace milenios , no por casualidad, de cosas hermosas en las que reflejar nuestra conciencia" (p. 117). Este párrafo nos recuerda a la idea del "hambre de irrealidad " como característica consustancial del ser humano, de la que ya hemos hablado en muchas otras ocasiones (ver el libro de Vargas Llosa).

Gabriel arremete contra los precursores del Nuevo Ateísmo, como Richard Dawkins (p.86), o los adalides del cientificismo, como Carl Sagan y su serie Cosmos, cuya actual versión ridiculiza por presentar a los científicos como los nuevos héroes que viajan en el tiempo (p. 130, p.197). La ciencia se ha convertido en el nuevo Dios y los científicos su profetas. Gabriel es antideterminista, y no cree que todo necesariamente tenga que obedecer necesariamente a las leyes naturales (p.139). Somos seres espirituales y es imposible reducirnos a partículas, como intenta el neuro-reduccionismo. Según Gabriel, el ser humano es libre porque no hay una ley única que lo rija todo:   "El universo no es una realidad global que engarce a lo largo de un solo eje temporal lineal todos los acontecimientos, como perlas en una cadena. El universo no es una película de la que nadie puede escapar" (p.252).

El autor intenta escapar de lo que él llama el "embrutecimiento hacia arriba", que es el anhelo de omnipotencia del posthumanismo y el transhumanismo (promovido por los "dioses de Silicon Valley" (p.278), y del "embrutecimiento hacia abajo"(promovido por la darwinitis y una concepción del hombre como una máquina regida por la evolución). Estas mismas preocupaciones son también la línea vertebral del libro de Bertrand Vergely, La Destruction du Réel. Gabriel quiere devolver al hombre su lugar como ser espiritual y romper el corsé del neurocentrismo, que pretende que no somos más que una serie de tormentas neuronales.

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(1) Eduardo Punset ya utiliza el término "neurocentrismo" en su libro El Alma Está en el Cerebro  (2006, Aguilar): "Thomas Willis (1621-1675), junto a un grupo de sabios, inauguró una nueva era: la "era neurocéntrica" en la que nos encontramos hoy, donde cerebro y mente son dos conceptos inseparables" (p.12). Este libro es, también, al igual que Incógnito, el contrapunto del que estamos comentando).


Reseña (CULTURAMAS)

Reseña (LIBRÚJULA)

Reseña (UN LIBRO EN MI MOCHILA)

Review (PHILOSOPHY NOW)



jueves, 9 de mayo de 2019

Por qué el Mundo No Existe


Gabriel, Markus. 2013. Por qué el Mundo No Existe. Pasado & Presente.

Primer libro de la trilogía del filósofo alemán Markus Gabriel, donde anunció el inicio de su postura filosófica, el Nuevo Realismo. Esta corriente es una reacción contra el postmodernismo y la creencia de que la realidad en sí no existe, tan solo nuestra interpretación de ella, siguiendo el aforismo de Nietzsche: "no hay hechos, solo interpretaciones". Esta afirmación significa que todo es relativo, y no hay ninguna posible aproximación a la verdad. El Manifiesto del Nuevo Realismo escrito por Maurizio Ferraris se declara en contra de este axioma. Markus Gabriel es claro en su libro: "Cualquier verdadero conocimiento es conocimiento de una cosa en sí. Un verdadero conocimiento no es una alucinación o una ilusión, sino una manifestación de la cosa misma" (p.130). Me atrae esta idea, quiero creer que es posible establecer una línea divisoria entre la ilusión y la realidad, y esta motivación me ha llevado a leer esta trilogía escrita por Gabriel.

Poniendo como ejemplo el monte Vesubio, Gabriel se distancia de la metafísica, que afirma que hay un solo objeto real, el Vesubio, y del constructivismo y el postmodernismo, que afirman que solo existen los Vesubios tal y como lo ven las personas, pero no un Vesubio real. El Nuevo Realismo afirma que tanto lo uno como lo otro son objetos de conocimiento: "el nuevo realismo admite que los pensamientos sobre los hechos tienen el mismo derecho de existencia que los hechos sobre los que pensamos" (p.14).

Gabriel se empeña en quitar el mando a la ciencia como única posible investigadora de la realidad. Para él, la realidad es mucho más que el universo y las partículas, "ya que entonces no existirían ni la República Federal de Alemania, ni el futuro, ni los números, ni mis sueños" (p.15). Es falso que todo esté interconectado: hay objetos que existen en campos de sentido absolutamente diferentes. Por tanto, es una quimera intentar buscar una Teoría del Todo como pretendía Stephen Hawking, porque no existe el "todo", ni una regla que todo lo abarque, ni el "mundo", pues es algo que a su vez debería estar incluido en algo más grande. Existe todo, hasta los unicornios existen (en nuestra imaginación), pero no un todo único ni una sustancia única. Esa búsqueda de lo Absoluto no conduce a ninguna parte, pues solo hay "campos de sentido" independientes entre sí.

Gabriel quiere que no nos confundamos: la realidad sí existe. La idea de que la realidad no existe se ha convertido en un mantra en la actualidad, alimentada tanto por el postmodernismo como por la física teórica moderna (teoría de cuerdas), según la cual vivimos en una especie de holograma, y no somos más que un "enorme montón de partículas subatómicas" (p.30). Pero el universo, desde el punto de vista físico, es solo una parte del todo, y no todo, como afirma el fisicalismo. Ni la realidad está únicamente compuesta de átomos, como afirma el materialismo y el atomismo. La realidad, según Gabriel, es mucho más compleja, y está formada por "campos de sentido", que son las unidades ontológicas básicas. "La existencia es la circunstancia de que algo aparezca en un campo de sentido" (p.59). Es iluso querer pensar que todo pertenece en definitiva a una única sustancia (Monismo: Spinoza) o a dos (Dualismo: Descartes). Gabriel aboga por el Pluralismo: "no hay un mundo, sino un número infinito de mundos que se solapan en parte, pero que también son independientes entre sí" (p.73). La suma de todos los campos de sentido sería el mundo, pero esto es imposible, porque entonces el mundo aparecería en otro campo de sentido y así infinitamente. No existe la totalidad, es decir, el mundo, y por tanto no puede existir un superpensamiento sobre el mismo: "No existe una teoría que lo describa todo a la vez, ya que no puede haber algo así como "todo a la vez"" (p.94). No hay un campo de sentido que lo abarque todo. Hay campos de sentido independientes: por ejemplo, no hay trolls en Noruega, pero sí en la mitología nórdica. La distinción entre existencia e imaginación es falsa, "ya que existen realmente ilusiones, y muchas cosas existen solo en nuestra imaginación" (p. 98). La existencia no está conectada solo con un objeto físico y material, sino con un campo de sentido específico. (Aquí añado yo: el problema entonces radica en mezclar campos de sentido, y llegar a creer que efectivamente hay trolls en Noruega)(ver la entrada sobre La Canción de Bernadette, sobre los milagros).

La concepción científica del mundo, a la que Gabriel se opone radicalmente, sostiene, según él, que "la gente no somos sino cerdos en el espacio, interesados básicamente en la cría y la alimentación" (p.102). Pero este es un camino erróneo, pues no hemos de olvidarnos que somos mucho más que un montón de partículas. Hay que proteger a la ciencia de la pretensión de querer explicarlo todo. Gabriel arremete contra Hawking, Dawkins, el Nuevo Ateísmo, el Naturalismo, el Neuroconstructivismo, y lo que él llama la darwinitis, que es querer explicarlo todo a partir de la evolución, como si no hubiera nada más.

Gabriel también ataca el nihilismo moderno, "que afirma que todo sentido humano es solo una ilusión y nos hace creer que somos extranjeros en un universo frío que se extiende infinitamente por espacios deshabitados y absurdos" (p. 149). Aquí es donde Gabriel llega a la religión, diferenciando la religión fetichista (de la que está en contra) de otro tipo de religión que sí valora, "cuyo objeto es el universo y la relación del ser humano con él" (p.156).  Gabriel está en contra de la religión que intenta buscar una verdad universal, de la misma forma que intenta el cientificismo. "Solo es superficialmente decisivo si se trata de adorar a Dios o al Big Bang. El verdadero problema es la adoración de un principio supuestamente universal, sea cual sea este" (p.160). "Tanto la concepción científica del mundo como la religiosa están equivocadas, en cuanto que son concepciones del mundo" (p.164). "Quien piense que existe un gran gobernante que controla el universo y la vida humana está muy equivocado, dado que ni siquiera existe tal totalidad mundial que alguien pudiera gobernar" (p. 178). Totalmente de acuerdo con esta afirmación, pero ¿no es esto lo que intentan la mayoría de las religiones? ¿Acaso no intentan dar una explicación del mundo? ¿No se afanan en buscar una ley universal y un principio que lo explique todo?

A pesar de esto, Gabriel defiende la religión, y es porque se está refiriendo a una manera muy concreta de entender la religión, que no es la mayoritaria. Dice Gabriel: "La religión es lo contrario de una explicación del mundo. Mantiene la tesis de que no existe el mundo, aproximándose en eso, casi por casualidad, a la creencia hindú de que la vida es un sueño, o la famosa frase de Jesús de que su reino no es de este mundo, hasta llegar al abandono budista del mundo" (p.177). Quizás Gabriel se refiere a una vertiente minoritaria y perseguida a lo largo de la historia por las mismas religiones, que es el misticismo, que efectivamente no busca llegar a ninguna conclusión racional sino a una experiencia inefable de unión espiritual con el universo.

Finalmente, Gabriel nos enfrenta al sentido del arte, cuyo principal valor es "que desvía los objetos de los campos de sentido en los que aparecen normalmente sin que nos apercibamos de la forma en que aparecen" (p.182). "El sentido del arte es que nos acostumbra a la ambivalencia del sentido" (p.186). "El sentido del arte consiste pues en situar bajo una luz extraña lo que nos es habitualmente evidente... El arte nos sorprende con un nuevo sentido e ilumina los objetos desde una perspectiva inusual" (p.189). Precisamente por esto el arte nos ayuda, pues nos muestra que todo es susceptible de aparecer en campos de sentido diferentes. El arte es liberador, puesto que nos hace conscientes de esta posibilidad. En general, que el mundo no exista, es liberador; que no exista el Todo, una Ley Universal, es liberador, siendo esta su conclusión:  "No hay ningún superobjeto al que nos entreguemos durante el tiempo que vivimos, sino que nos encontramos ante una infinidad de posibles maneras de acercarnos al infinito".

Reseña (EL PAIS)

Reseña (UN LIBRO EN MI MOCHILA)

Entrevista (EL MUNDO)

Entrevista (EL NACIONAL)















sábado, 4 de mayo de 2019

Vendrán Más Años Malos y Nos Harán Más Ciegos


Sánchez Ferlosio, Rafael. Vendrán Más Años Malos y Nos Harán Más Ciegos. Ediciones Destino

Este libro es un canto al escepticismo. No dar nada por sentado, no creer en nada porque sí, ponerlo todo en duda. Esta es la mirada de Sánchez Ferlosio, que nos recuerda que nada de lo que vemos u oímos puede darse por verdadero. Hemos de dudar, según Ferlosio, hasta del "niño que osó decir "El emperador está desnudo", porque "¡ay! acaso también estaba pagado por el propio emperador" (p.23)

Desconfiemos de las soluciones fáciles, de las utopías, de la naturaleza ("la inhumana bestia madre"), de la civilización y de la Historia ("la inhumana bestia maestra" p.12). Desconfiemos de los simpáticos, de la cigarra y de la hormiga, de Yavé ("el sangriento e iracundo borracho del Sinaí", p.21), de los que dicen que todo es irreversible e inamovible, de los periódicos, de las verdades:

"Una vez más los hombres demostraron amar más las verdades que los conocimientos. Falso, pero seguro: este parece ser su lema, pues las verdades son, naturalmente, siempre falsas, como lo demuestra el hecho de que su séquito no se componga de estudiosos, sino de guardaespaldas" (p.29)

Desconfiemos del afán y el quebranto, de España, de la búsqueda de sentido y del futuro: "¡Tiempo feliz aquel en que el vivir humano fuese realmente inútil, carente de sentido, o sea, fin en sí mismo, y no instrumento de futuro alguno, ni eslabón de cadena de ningún devenir!" (p.46)

Desconfiemos de las convicciones: "los hombres, son con todo, siempre mejores que sus convicciones, o sea, que sus dioses" (p.48). Desconfiemos del progreso, de los que dicen que lo entienden todo, de los nacionalismos, banderas  y amores patrióticos.

Desconfiemos de cosas aparentemente positivas como la música: "Música, vas demasiado aprisa, demasiado segura, demasiado alegre para que yo te entienda" (p.120); la cultura: "la observación de Walter Benjamin. "No existe un documento de cultura que no sea a la vez un documento de barbarie" (p.132); la virtud ("es saber ser indulgente con la insoportable, a un a menudo cruel, arrogancia y petulancia de los virtuosos lo que el corazón suele aprender sólo tarde y con esfuerzo, y en ocasiones nunca" p.134); la compasión ("Lo que la siempre frustrada y siempre reincidente compasión humana añora es el limpio calor de la animalidad" p.139);  la tolerancia ("esa indiferencia o desdén definitivo que es la tolerancia" p.140); la simpatía ("una variante risueña , afectada, aduladora, impúdica, agresiva y lela de la mala educación" p.151);  o el conformismo ("La leal recomendación: "Ajústate a los hechos", a poco que se recalque, amaga siempre teñirse y aun virarse en el desleal y tácito "Doblégate a lo más fuerte", p.164).

Desconfiemos por supuesto, de Dios, pues "los hombres acabaron por poner a alguien en lo alto, para tener a quién maldecir y contra quién agitar el puño vuelto al cielo, en la hora de la deseperación. Tanto o más que la alabanza, Dios es una creación de la blasfemia" (p.154)

Escuchemos con atención esta maravillosa oración al Creador: "Señor, ¡tan uniforme, tan impasible, tan lisa, tan blanca, tan vacía, tan silenciosa, como era la nada, y tuvo que ocurrírsete organizar este tinglado horrendo, estrepitoso, incomprensible y lleno de dolor!" (p.51)

Desconfiemos de la palabra cuando esta quiere ser depositaria de la verdad: "La palabra, que había nacido sólo para ser ficción -- ilustración imaginaria con la que los hombres podrían repetirse en simulacro sus acciones, sentados al fuego --, se hizo madre de engaños cuando se la erigió en decidora de verdades" (p.180).

Desconfiemos, en fin, de la esperanza, según los versos con los que empieza el libro:

"Vendrán más años malos
y nos harán más ciegos;
vendrán más años ciegos
y nos harán más malos.
Vendrán más años tristes
y nos harán más fríos
y nos harán más secos
y nos harán más torvos"


Reseña (LECTURAS HISPÁNICAS)

Reseña (EL HERALDO)