Los equívocos caminos de la ilusión y la realidad a través de la filosofía, la literatura, el cine, el arte, el periodismo y la ciencia
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viernes, 8 de septiembre de 2017
El Mito de Sísifo y El Extranjero
Camus, A. 2012. El Mito de Sísifo. Alianza Editorial
Camus, A. 2012. El Extranjero. Alianza Editorial.
Camus publicó estos libros en 1942. Ambos son un estudio de la condición humana, el primero desde el ensayo y el segundo desde la novela.
En El Mito de Sísifo, Camus hace un análisis de la filosofía existencial, intentando distanciarse de ella (a pesar de que nunca lo consiguió de manera definitiva). Camus está de acuerdo en los principios de esta filosofía, pero se distancia de estos filósofos cuando terminan buscando la esperanza y el sentido en algún lado, unos en Dios (como Kierkegaard), otros en la Historia (como Husserl).
Camus, en cambio, intenta ser coherente desde el principio hasta el fin. No quiere agarrase a ninguna esperanza de ningún tipo, y ésta es su grandeza. Asume el destino del hombre, y la falta de sentido de la vida -- al menos de un sentido a priori o de un sentido trascendente fuera de nuestra condición humana.
No hay salvación posible salvo en la propia aceptación de la realidad. Sísifo fue condenado por los dioses a subir permanentemente una piedra a lo alto de una montaña, y cada vez que llegaba a la cima, la piedra volvía a caer y había que empezar de nuevo. Camus recupera este mito como metáfora de la vida humana. Lo hizo a mediados del siglo pasado, pero su vigencia es absoluta. En una sociedad en la que se nos hace creer que la felicidad es algo al alcance de la mano, y en la que la comodidad y la satisfacción inmediata de los deseos son valores supremos, es necesario que alguien nos recuerde lo absurdo de nuestra existencia, la falta de sentido o esperanza, y que no cabe otra salida que la aceptación digna de nuestro destino, siendo ésta la única forma de otorgarle un sentido.
Camus alude a un momento clave en la vida de Sísifo: el momento en que llega arriba y tiene que volver a bajar, y es consciente de que, una vez más, hay que estar dispuesto a empezar de nuevo. En ese instante, Sísifo sabe que solo tiene una forma de vencer al destino: aceptándolo con alegría. No queda otra posibilidad digna. Solo así no será vencido. Camus no se anda con paños calientes, ni quiere ningún tipo de consuelo o esperanza falsa. Esto es lo que hay, esta la condición humana, y la única manera honrosa de seguir adelante es decir sí, aceptando la verdad y la realidad, y vivir la vida como es.
¿Tiene esto algo que ver con la resignación cristiana? Puede parecerlo, cuando Jesús dice: "Coge tu cruz y sígueme", pero este camino ofrece una promesa de salvación, un premio, una esperanza. En cambio, podríamos decir que la dirección indicada por Camus es: "Coge tu cruz y sigue tu propio camino." ¿Por qué razón? Para vencer al destino. Es una actitud de rebeldia, no de resignación. Haz lo que tengas que hacer cada día, y hazlo con la frente alta, sin esperanza alguna. Esa es la única libertad que realmente tiene el ser humano: ser consciente de lo que tiene que hacer, y hacerlo con alegría, sabiendo que no va a llegar a ninguna parte. La otra salida, con al que Camus empieza el libro, es el suicidio, pero Camus es un defensor de la vida con todas su sus consecuencias.
¿Tiene algo que ver esta actitud con el estoicismo? En este caso nos acercamos un poco más, pues los estoicos también insisten en la aceptación alegre del destino, pero ellos la aceptan porque creen en una ley bondadosa, providencial y divina que ordena el mundo hacia la perfección y la alegría, y lo que hemos de hacer es dejarnos arrullar por ella. Para Camus no hay nada de esto, solo silencio, silencio indiferente.
Quizás la conexión más similar a esta forma de entender la vida es la del budismo zen. Cuando el alumno pregunta a su maestro: "¿Qué es la iluminación", éste contesta: "Traigo agua, corto leña". Es decir, simplemente hago lo que me toca hacer en cada momento. Esto sí se acerca a la postura de Camus, pues no hay nada más allá que la mera aceptación de la realidad de la vida. (De hecho, en el conocido libro de Charlotte Joko Beck Nothing Special: Living Zen, hay un capítulo completo dedicado al mito de Sísifo).
Lo que Camus propone, por lo tanto, es un canto a la valentía, a la dignidad, a la verdad. ¿Una ética para héroes? Quizas. Pero, ¿acaso no es un héroe todo ser humano que vive su vida día a día, con sus tropiezos, sus caídas, sus contratiempos, sus desgracias, sus catástrofes, y sale adelante? Estamos rodeados de héroes.
El personaje principal de El Extranjero se ve envuelto en una situación que no ha buscado y que desemboca en el cadalso, que es el lugar donde al fin y al cabo, termina toda vida humana. Ese es el momento clave donde hay que encarar definitivamente nuestro destino, y es el momento de no rendirse y afrontarlo con dignidad y verdad. Así lo hace Meursault. No acepta falsas salidas, ni promesas de salvación, ni excusas, ni subterfugios. Tal y como hizo Sócrates, es valiente y sabe que la única salida digna es tomarse la cicuta siendo consciente del momento final. Desde luego, no es una filosofía para pusilánimes.
Tanto El Mito de Sísifo como El Extranjero hacen referencia al hombre solo, totalmente solo, en el momento en que cada persona está a solas con su destino. Cuando uno lee los dos libros, se pregunta: ¿dónde están los demás seres humanos? ¿Qué papel juegan en todo esto? ¿Estamos condenados a una soledad absoluta? Porque esa sería la otra salvación posible para Sísifo: saber que él no es el único que tiene que acarrear su propia piedra hacia arriba, que exactamente lo mismo tienen que hacer todos los demás, y que la única otra salida que tenemos, aparte de la aceptación, es ayudarnos unos a otros.
Pero para averiguar lo que dice Camus sobre esta posible vía de salvación, habrá que leerse El Hombre Rebelde o La Peste, libros a los que quedamos emplazados.
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Joko Beck, C. 1993. Nothing Special: Living Zen. Harper Collins. (publicado en español como La Vida tal como es por Gaia Ediciones en 2007
Reseña de El Extranjero de Vargas Llosa
viernes, 27 de diciembre de 2019
El Mundo Feliz
Martín, Luisgé. 2018. El Mundo Feliz. Una Apología de la Vida Falsa. Anagrama.
Para el autor, la realidad es "un sumidero de mierda". La única forma de sobrevivir a ella es a través del engaño, lo que él llama la "suspensión voluntaria de la incredulidad". Es lo que hacemos cuando leemos una novela o vemos una película, el único mecanismo que nos evita enloquecer, pues la realidad es insoportable, y necesitamos dotarla de sentido y trascendencia: por ello inventamos la religión, la justicia, la belleza, la mística, la literatura, la posteridad, los sueños. El ser humano necesita soñar para escapar del sinsentido: "El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona", citando a Hölderlin.
Partiendo de estas premisas y parafraseando a Camus en El Mito de Sísifo, la tesis del libro es la siguiente: el único problema políticamente serio es el suicidio colectivo como especie. No tenemos remedio, la naturaleza humana es imperfecta por definición, estamos condenados a la infelicidad. Hemos de emplear la ciencia y la tecnología para escapar de esta realidad impuesta, transformándola radicalmente. No debemos dejarnos atrapar por las ideas preconcebidas de libertad, igualdad, fraternidad, heroicidad, autenticidad, entrega; tenemos que liberarnos de una moral que nos encadena, y dar el salto a una realidad diferente que ya nos ofrece la tecnología. Martín nos propone abrazarnos sin complejos al transhumanismo y la realidad virtual. Para él, el Mundo Feliz de Huxley, Matrix, el San Junípero de Black Mirror (1) no son distopías de las que debamos huir y escandalizarnos, sino que son precisamente la única salida posible.
Dejemos de querer estar atados románticamente a nuestra memoria; aceptemos la implantación de falsos recuerdos; dejémonos ayudar por la farmacología y la ingeniería genética. Demos la bienvenida al soma y a la singularidad, si podemos acabar así con el sufrimiento. Es mejor una servidumbre feliz que una libertad dolorosa. Modifiquemos los componentes defectuosos de nuestra imperfecta condición humana, dejemos de creer ingenuamente en la posibilidad de redención pues nuestra naturaleza no tiene remedio tal y como es. Somos infinitamente estúpidos, nuestra imbecilidad es absolutamente irremediable, nuestro egoísmo incorregible, nuestras contradicciones irresolubles. La religión, la literatura, el arte, son solo bálsamos pasajeros. "No nos salvan la inteligencia ni la educación. No nos salva tampoco la bondad, ni la honestidad, ni la lucidez ética. Tal ve lo único que puede salvarnos es la mentira, el engaño. Matrix. El mundo feliz de Huxley" (p.95).
Martín plantea lo opuesto de Vergely en La Destruction du Réel o Gabriel en Yo no soy Mi Cerebro o El Sentido del Pensamiento, que se manifiestan completamente contrarios al transhumanismo y la realidad virtual. Para Martín, en cambio, esa el la única salida. Todo lo demás es "ilusión: invención, ensueño, espejismo. Para poder volar sin que el sol derrita nuestras alas de cera es necesaria la mentira, la hechicería, la prestidigitación. Por eso las libertades falsas --si son perdurables en le tiempo-- son la únicas libertades posibles" (p. 114). Siempre hemos estado creando mundo ilusorios, dejémonos llevar por esta última ilusión que nos liberará de nuestra naturaleza , pongámonos en manos del Big Data y los algoritmos. Sísifo nunca podrá ser feliz. Vivamos en Matrix, la última ilusión.
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Reseña (TODO LITERATURA)
Rehusando el mundo feliz que propone Luisgé Martín (Mundiario)
Las obras detrás del último ensayo de Luisgé Martín (Librotea)
(1) Capítulo de la serie Black Mirror (cuarto episodio de la tercera temporada)
miércoles, 9 de enero de 2019
Incógnito
Eagleman, D. 2013. Incógnito. Las Vidas Secretas del Cerebro. Anagrama
(2012. Incognito. The Secret Lives of the Brain. Vintage)
Eagleman nos desmonta una de nuestras principales ilusiones: el libre albedrío. Esta ilusión ya ha sido analizada por otros neurocientíficos como Antonio Damasio, sobre todo. El autor nos recuerda cómo el hombre ha ido siendo destronado de ilusiones previas, por Galileo, Darwin, la física cuántica o la estructura del ADN, siendo la última la ilusión de que somos libres y dueños de nuestros actos: "La neurociencia ha demostrado que la mente consciente ya no es la que lleva el timón de nuestra vida. Apenas cuatrocientos años después de nuestra caída del centro del universo, hemos experimentado la caída del centro de nosotros mismos" (p.233).
Tras analizar las enfermedades neuronales, nuestra química cerebral, nuestro inconsciente, Eagleman concluye:
"El quid de la cuestión es si todos sus actos ocurren fundamentalmente en piloto automático o si existe alguna pequeña área en la que seamos "libres" de elegir, independientemente de las reglas de la biología... pero no encontramos ningún lugar del cerebro que no sea impulsado por otras partes de la red. Por el contrario, todas las partes del cerebro están densamente interconectadas con otras partes del cerebro, e impulsadas por estas, lo que sugiere que no existe ninguna parte independiente y por tanto, "libre". Así pues, según nuestros conocimientos científicos actuales, no hay manera de encontrar el espacio físico en el que colocar el libre albedrío --la causa incausada--, porque no parece haber ninguna parte de la maquinaria que no siga una relación causal con las otras partes" (p.201).
Se trata de un libro de neurocienciencia, pero no se dejan de citar numerosos filósofos para analizar cómo la filosofía ha ido poco a poco apuntando en esta dirección, hacia ese destronamiento, hasta llegar al desconcierto de algunos filósofos producido por la falta de sentido a la que pueden llevar estas progresivas desilusiones: "Filósofos como Heidegger, Jaspers, Shestov, Kierkegaard y Husserl se esforzaron por abordar la falta de sentido que estos destronamientos parecían haber causado. Albert Camus, en su libro de 1942 El Mito de Sísifo, presentó su filosofía del absurdo, en la que el hombre busca sentido en un mundo básicamente sin sentido" (p. 235)
Pero Eagleman no ve este destronamiento como algo terrible, sino todo lo contrario: "Cada descubrimiento nos ha enseñado que la realidad supera con mucho la imaginación y las conjeturas humanas. Todos estos avances han rebajado el poder de la intuición y la tradición como oráculo de nuestro futuro, sustituyéndolo por ideas más productivas, realidades más grandes y nuevos niveles de sobrecogimiento" (p.236).
Llama la atención que Eagleman no cite a filósofos clásicos como Spinoza o actuales como Comte-Sponville, que le han dedicado tantas páginas al libre albedrío, y que han llegado a una conclusión similar: el libre albedrío no es más que una ilusión, y así hemos de aceptarlo: "El hombre, dice Spinoza, no es un "imperio dentro de otro imperio": formamos parte de la naturaleza, cumplimos su orden y nadie escapa de sí mismo, del mundo, ni tampoco de la verdad. "El alma y el cuerpo son una sola misma cosa" que no se elige, y los hombres solo se creen libres (conscientes de que lo son de sus acciones) cuando ignoran las causas que les hacen desear o querer: llaman "libre" a este efecto -- a su voluntad, del cual ignoran las causas. Pues son ignorantes de casi todo y, en primer lugar, de sí mismos, de su cuerpo y de su historia" (1)
Entre la ilusión y la realidad, el ser humano debe abrazar siempre ésta última sin sentir que avanza hacia su progresiva humillación, sino hacia el asombro y el conocimiento, huyendo de la ignorancia, con el objeto de ser engañado lo mínimo posible.
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(1) Comte-Sponvillle, A. 2009. Vivir. Tratado de la desesperanza y la felicidad/2. Mínimo Tránsito (p.88), citando la Ética de Spinoza.
Reseña (EL PAIS)
Review (The Guardian)
Review (The Independent)
Review (The Brain Blog)
David Eagleman webpage reviews
(2012. Incognito. The Secret Lives of the Brain. Vintage)
Eagleman nos desmonta una de nuestras principales ilusiones: el libre albedrío. Esta ilusión ya ha sido analizada por otros neurocientíficos como Antonio Damasio, sobre todo. El autor nos recuerda cómo el hombre ha ido siendo destronado de ilusiones previas, por Galileo, Darwin, la física cuántica o la estructura del ADN, siendo la última la ilusión de que somos libres y dueños de nuestros actos: "La neurociencia ha demostrado que la mente consciente ya no es la que lleva el timón de nuestra vida. Apenas cuatrocientos años después de nuestra caída del centro del universo, hemos experimentado la caída del centro de nosotros mismos" (p.233).
Tras analizar las enfermedades neuronales, nuestra química cerebral, nuestro inconsciente, Eagleman concluye:
"El quid de la cuestión es si todos sus actos ocurren fundamentalmente en piloto automático o si existe alguna pequeña área en la que seamos "libres" de elegir, independientemente de las reglas de la biología... pero no encontramos ningún lugar del cerebro que no sea impulsado por otras partes de la red. Por el contrario, todas las partes del cerebro están densamente interconectadas con otras partes del cerebro, e impulsadas por estas, lo que sugiere que no existe ninguna parte independiente y por tanto, "libre". Así pues, según nuestros conocimientos científicos actuales, no hay manera de encontrar el espacio físico en el que colocar el libre albedrío --la causa incausada--, porque no parece haber ninguna parte de la maquinaria que no siga una relación causal con las otras partes" (p.201).
Se trata de un libro de neurocienciencia, pero no se dejan de citar numerosos filósofos para analizar cómo la filosofía ha ido poco a poco apuntando en esta dirección, hacia ese destronamiento, hasta llegar al desconcierto de algunos filósofos producido por la falta de sentido a la que pueden llevar estas progresivas desilusiones: "Filósofos como Heidegger, Jaspers, Shestov, Kierkegaard y Husserl se esforzaron por abordar la falta de sentido que estos destronamientos parecían haber causado. Albert Camus, en su libro de 1942 El Mito de Sísifo, presentó su filosofía del absurdo, en la que el hombre busca sentido en un mundo básicamente sin sentido" (p. 235)
Pero Eagleman no ve este destronamiento como algo terrible, sino todo lo contrario: "Cada descubrimiento nos ha enseñado que la realidad supera con mucho la imaginación y las conjeturas humanas. Todos estos avances han rebajado el poder de la intuición y la tradición como oráculo de nuestro futuro, sustituyéndolo por ideas más productivas, realidades más grandes y nuevos niveles de sobrecogimiento" (p.236).
Llama la atención que Eagleman no cite a filósofos clásicos como Spinoza o actuales como Comte-Sponville, que le han dedicado tantas páginas al libre albedrío, y que han llegado a una conclusión similar: el libre albedrío no es más que una ilusión, y así hemos de aceptarlo: "El hombre, dice Spinoza, no es un "imperio dentro de otro imperio": formamos parte de la naturaleza, cumplimos su orden y nadie escapa de sí mismo, del mundo, ni tampoco de la verdad. "El alma y el cuerpo son una sola misma cosa" que no se elige, y los hombres solo se creen libres (conscientes de que lo son de sus acciones) cuando ignoran las causas que les hacen desear o querer: llaman "libre" a este efecto -- a su voluntad, del cual ignoran las causas. Pues son ignorantes de casi todo y, en primer lugar, de sí mismos, de su cuerpo y de su historia" (1)
Entre la ilusión y la realidad, el ser humano debe abrazar siempre ésta última sin sentir que avanza hacia su progresiva humillación, sino hacia el asombro y el conocimiento, huyendo de la ignorancia, con el objeto de ser engañado lo mínimo posible.
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(1) Comte-Sponvillle, A. 2009. Vivir. Tratado de la desesperanza y la felicidad/2. Mínimo Tránsito (p.88), citando la Ética de Spinoza.
Reseña (EL PAIS)
Review (The Guardian)
Review (The Independent)
Review (The Brain Blog)
David Eagleman webpage reviews
martes, 14 de enero de 2020
La Ciudad de la Alegría
Lapierre, Dominique. 2009. La Ciudad de la Alegría. Seix Barral. (Traducción de Carlos Pujol)
(Título original: La Cité de la Joie, publicado por Pressinter en 1985)
Siempre me llamó la atención el título de este libro, por el contraste entre la palabra alegría y la desolación que describía en uno de los lugares más miserables de la Tierra. Su lectura no defrauda: es una experiencia única, pues narra sin tapujos ni paños calientes las terribles condiciones de vida de un barrio (slum) de Calcuta donde los hombre-caballo son explotados; la gente vende su sangre, sus hijos y hasta sus huesos para sobrevivir; se hacinan los leprosos; los niños juegan chapoteando sobre aguas residuales y el sádico monzón se encarga de terminar por destrozar lo poco que se consigue cada día.
Al leer el libro, he recordado la hostilidad de la vida descrita en la película Capharnaum. Las descripciones podrían ser las mismas que las de la vida en los guettos, en los campos de concentración o en los campos de refugiados. ¿Cómo es posible sobrevivir con alegría a una realidad tan dura? Hasari, el protagonista, es la encarnación viva de Sísifo, tirando de su rickshaw cada día para volver a hacerlo exactamente igual al día siguiente, como una piedra que se sube a lo alto de la montaña para volver a caer, una y otra vez. Dice Camus: solo queda una opción: hacer lo que hay que hacer y vivirlo con alegría. ¿Pero cómo pueden vivirse unas circunstancias tan crueles con alegría? En la película Capharnaum, que también narra la vida en un lugar de características similares, no hay alegría, sólo crudeza y desesperanza. ¿Por qué este libro, en cambio, se empeña en la alegría? ¿Cuál es la puerta por la que se cuela esa alegría en medio de tanta miseria?
La respuesta está omnipresente a lo largo de toda la novela: la religión. Dice el padre Lambert tras presenciar el sufrimiento de una leprosa: "El sufrimiento de esta mujer es el mismo que el de Cristo en la cruz; es positivo, redentor. Es la esperanza. Salgo siempre vivificado de la choza de mi hermana, la leprosa ciega. Sí, ¿cómo es posible desesperar en este slum de Anand Nagar? Este lugar merece verdaderamente su nombre de Ciudad de la Alegría" (p.111).
En otra ocasión, tras curar a otro leproso, el padre Lambert vuelve a elevar sus oraciones, escribiéndolas en su diario: "Sí, eres hermoso, Jesús de la Ciudad de la Alegría. Hermoso como el hombre sin piernas y leproso que me has enviado hoy, con sus mutilaciones, sus llagas y su sonrisa. En él te he visto a ti, que encarnas todo el dolor... con la certeza en el fondo del corazón de que Tú nos amas. Y esa otra certeza de que la alegría que me invade nunca me la podrá arrebatar nada ni nadie. Porque Tú estás verdaderamente aquí, presente, en el fondo de este barrio de miseria" (p.155)
La religión llena de alegría al padre Lambert, que convierte el sufrimiento en motivo de gozo. En una ocasión, llega a la conclusión de que los enfermos no necesitan morfina para aliviar el dolor, sino amor. "¿Cómo creer lo que estaba viendo? ¿Cómo podía emanar tanta paz de aquel cuerpecito martirizado? ... Sabia no necesitaba morfina. Sus facciones destilaban una paz que me desarmó. Estaba magullado, mutilado, crucificado, pero no estaba vencido. Acababa de ofrecerme la mayor de las riquezas: una razón secreta para no desesperar, una luz cegadora en las tinieblas" (p.108). Es la misma idea que sustenta la obra de Teresa de Calcuta, que por supuesto también está muy presente en la novela (1). Así se describe el "Asilo para agonizantes abandonados" : "Lo que impresionó inmediatamente a Lambert era la serenidad del lugar. El horror estaba ausente de allí. Aquellos infelices ya no estaban torturados por la angustia, la soledad, la degradación, el abandono. Habían encontrado la paz" (p. 240). Realmente se describe como una especie de milagro que ha hecho desparecer el sufrimiento.
Todo está impregnado de un espíritu religioso, no solo cristiano, por supuesto. Los musulmanes del barrio celebran el nacimiento de su profeta Mahoma en su mayor fiesta del año. "Paul Lambert contemplaba aquella procesión maravillado. ¿Cómo era posible que tanta belleza pudiera brotar de aquel fango? ... "Gracias, Señor, por dar a los flagelados de este slum tanta fuerza para creer en ti y para amarte", se decía Lambert, escuchando aquel concierto de voces que aclamaban el nombre de Alá" (pp.138-139).
Cuando muere Ram Chandler, el amigo de Hasari, víctima de vivir en la calle durante el terrible invierno bengalí, se organizan los ritos funerarios, que son otro motivo de fiesta. "Era como ir a la fiesta de Durga, sólo que no llevábamos al río sagrado una estatua de la divinidad, sino el cadáver de nuestro amigo. Necesitábamos más de una hora para cruzar la ciudad de este a oeste, y durante este tiempo nos dedicamos a cantar himnos. Los versículos procedían de la Gita, el libro sagrado de nuestra religión. Todos los hindúes los aprenden de labios de sus padres cuando son niños. Cantan la gloria de la Eternidad" (p.171).
En el capítulo 30 se narra la fiesta de Diwali, "la fiesta hindú de las luces, que se celebraba en el curso de la noche más negra del año... en este país donde todo es mito y símbolo, significa la victoria de la luz sobre las tinieblas. Las iluminaciones conmemoran una de las mayores epopeyas del Ramayana, el retorno de la diosa Sita... en Bengala se cree también que las almas de los difuntos comienzan su viaje en esta época del año, y se encienden las lámparas para indicarles el camino... para los habitantes de la Ciudad de la Alegría es sobre todo la esperanza al final de la noche" (p. 179)
En el capítulo 33 le toca el turno a la fiesta de la Durga, "la diosa victoriosa de los demonios del mal y de la ignorancia, la esposa del dios Shiva, la hija de los Himalayas, la reina de las múltiples encarnaciones...Una vez al año, al término del monzón, los ocho millones de hindúes que hay en Calcuta conmemoran esta victoria con una fiesta de cuatro días cuyo esplendor y fervor probablemente no tiene igual en el resto del mundo. Cuatro días de regocijo durante los cuales la ciudad se convierte en una ciudad de luces, de alegría y de esperanza" (pp. 205-208).
Lambert en un principio, se escandaliza del derroche ante tanta miseria, pero según el narrador, "se equivocaba. Su reacción de occidental racional le hacía omitir lo esencial. Olvidaba en qué ósmosis vivía aquel pueblo con sus divinidades, y qué papel representaban estas en su vida de todos los días" (p.209). "La fiesta que, por espacio de un día o de una semana, los arrancaba de la realidad; la fiesta por la cual las gentes se endeudaban o se privaban de comer a fin de comprar a su familia vestidos nuevos destinados a honrar a los dioses; la fiesta como vehículo de la religión, mejor que cualquier catecismo, y que encendía los corazones y los sentidos por la magia de sus cantos y el ritual de las largas y suntuosas ceremonias litúrgicas. ¿Qué importaba que unos vividores se quedasen con su diezmo a costa del sudor y del hambre de los pobres?" (p. 211) "Hindúes, sijs, musulmanes, budistas, cristianos, estaban fraternalmente unidos en un mismo sueño... Paul Lambert recordó unas palabras del profeta Isaías: "Las oraciones de los pobres y de los huérfanos nunca ascienden hasta mí sin recibir respuesta" (p. 213) .
En el capítulo 42 asistimos a las fiestas del Viswakarma, el dios del pan, otro dios del panteón hindú, otra festividad religiosa en la que se vuelcan los desheredados. "Sin ofender a Viswakarma, el dios que da el pan, ellos eran los verdaderos condenados de la tierra, los forzados del hambre. Y, sin embargo, con qué ardor y qué fe honraban todos los años a aquel dios, y pedían su bendición para las máquinas y las herramientas a las que estaban encadenados" (p. 267). Lambert se pregunta a veces por qué no se emplea tanta energía y devoción en cambiar las condiciones de vida. Pero Hasari y los demás emplean toda su fe en decorar sus rickshaws como si fueran altares. "¡Qué grandioso es nuestro dios, qué poderío demuestra!" (p. 271). "Con un dios como aquél por protector, ¿cómo no iban a ser los pobre carritos como carros celestiales? ¿Y caballos con alas los infelices que tiraban de ellos? Hasari y su familia se postraron ante la divinidad" (p.271)
Hasari, como todos los demás, no le teme a la muerte. "La muerte no me da miedo. Lo he pasado tan mal desde que salí de mi aldea, que estoy casi seguro... --vaciló otra vez--, casi seguro de que mi karma hoy es menos pesado, y que me hará renacer en una encarnación mejor". "Lambert había oído a menudo esas palabras de esperanza en las confidencias de los moribundos a los que había asistido en el slum. Aquella noción ejercía sobre ellos un efecto apaciguador" (p.406)
Las representaciones religiosas también cumplen su función catártica. La epopeya del Ramayana es representada por compañías ambulantes que sobre unos tablados hacen soñar con el poder de la ilusión que genera el teatro. "La grisura, el barro, el hedor, las moscas, los mosquitos, las cucarachas, las ratas, el hmabre, la angustia, las enfermedades, la muerte parecían haber desparecido. Había vuelto el tiempo de soñar. Con los ojos desorbitados, con los descarnados cuerpos sacudidos por la risa o por el llanto, los emparedados vivos de la Ciudad de la Alegría recobraron las mil fantasías y los dramas del viejo cuento popular que había forjado su manera de ser... Durante horas, sentados sobre los talones, con los ojos entronados, estos desheredados de la fortuna cambiaban su dura realidad por unos gramos de ensueño" (pp. 416-19)
Los cristianos tambien tiene su fiesta en Calcuta. Aunque estuviesen en minoría, "el nacimiento de Jesús era allí celebrado con tanta devoción y fasto como el de Krishna, de Mahoma, de Buda, del gurú Nanak de los sijs o de Mahavira, el santo de los jainitas. Navidad era una de las quince o veinte fiestas religiosas de esa ciudad loca de Dios que era una macedonia de creencias" (p. 462).
Así es, en la Ciudad de la Alegría todo se ve dispuesto y ordenado por Dios. Hasari entrega su hija para casarse, y esta lo acepta, educada en la sumisión. "Amrita había sido adiestrada desde su más tierna edad a renunciar a sus aficiones y a sus juegos para servir a sus padres y a sus hermanos, lo cual había hecho siempre con una sonrisa... Hasari dirá un día a Lambert: "Mi hija no me pertenece. Sólo me ha sido prestada por Dios hasta su boda. Pertenece al hombre que será su marido" (p. 408).
El narrador, al igual que Lambert, va entrando y aceptando el mundo de las costumbres religiosas del slum, hasta el punto que llega a justificarlo todo. "La costumbre india exige que una muchacha se case en general mucho antes de la pubertad, y de ahí esas bodas de niños que parecen tan bárbaras a los occidentales insuficientemente informados. Porque solo se trata de un rito. La verdadera boda se celebra más tarde, sólo después de las primeras reglas" (p.408). Lambert no sólo es consiente esta costumbre, sino que llega a hacer de alcahuete de un leproso para que pueda comprar a su esposa y participa como padrino de boda. "El francés vivía una fantástica lección de esperanza, maravillado de que tanta vida y tanta alegría pudieran surgir de una abyección semejante" (p. 280).
La religión, pues, cumple con su poder anestésico, balsámico, catártico. Proporciona consuelo en la miseria, esperanza en la desolación, alegría en la degradación, dignidad en la abyección. Es la tabla de salvación de los náufragos, el salvavidas de los despojados y los desheredados. Este poder de la religión como instrumento de cohesión y calma individual y social en medio del caos y la injusticia es al que Lambert, el narrador del libro y el propio Lapierre van agarrándose a lo largo de la narración parar sobrevivir a tanta desgracia.
Pero la religión tiene su cruz, y esas dudas también aparecen de vez en cuando a lo largo del libro. Es motivo de parálisis social, de inactividad ante la injusticia, de inacción y distracción ante la tragedia. En el libro queda bien claro su función de opio de los desfavorecidos, de ilusión de los desamparados. Es un instrumento de perpetuación de tradiciones inhumanas y de mantenimiento de las castas, de la sumisión de la mujer y conformismo con el sistema. Sacia el hambre de irrealidad y esperanza del ser humano, y por ello es necesaria en lugares como el que slum, pues la realidad no deja otra salida. ¿O sí la hay, pero la religión pone un velo e impide verla? Es una pena que el libro no apunte más en la dirección señalada por el obispo brasileño Helder Camera, que también aparece en el libro: "Nuestros actos de ayuda hacen a los hombres aún más necesitados excepto si van acompañados de actos destinados a extirpar la raíz de la pobreza" (p.58)
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(1) En el documental de la BBC sobre la madre Teresa (Hell's Angel) podemos ver el cartel que preside la sala donde están los moribundos: " I am on my way to Heaven". En esta documental se insiste que por encima de la rigurosidad en las condiciones sanitarias o el uso de paliativos está el amor de Dios y la aceptación del sufrimiento como puerta hacia el cielo.
Qué fue de la Ciudad de la Alegría (EL PERIÓDICO)
Un homenaje a la Ciudad de la Alegría (EL PAÍS)
La Ciudad de la Alegría de Calcuta no pierde la sonrisa (LA VANGUARDIA)
Enlace a la película de Roland Joffé
Enlace al documental Calcuta de Louis Malle
lunes, 7 de enero de 2019
Don Juan Tenorio
Zorrilla, J. 1979. (7ª ed.) Don Juan Tenorio. Taurus.
Clement Rosset afirma, cuando analiza las bases de la locura, que "tomar en consideración lo que no existe, actitud característica de la sensibilidad romántica, si se la considera en un sentido muy amplio e intemporal, es también y ante todo el principio general de toda locura" (1). La locura nos hace crear fantasmas, que son necesarios si queremos mantener la diferencia entre un hombre y su cadáver: "Tomad mi cuerpo, os pertenece; pero dejad de lado, os lo ruego, esta parte de mí que no está muerta y no os pertenece. No enterréis mi fantasma" (2).
Los espectros aparecen para demostrarnos que hay algo más allá de la muerte, y nos recuerdan la existencia de otra vida diferente a esta. Don Juan, al igual que Hamlet, ve espectros. No uno, sino muchos. Y además, en un principio, les planta cara y no se amilana ante ellos. A diferencia de Hamlet, no es cobarde, ni depresivo, ni dubitativo, ni procrastinador, ni triste. Dice de él Camus:
"¿Don Juan es triste? No es verosímil. Apenas apelaré a la crónica. Esa risa, la insolencia victoriosa, esos saltos y la afición a lo teatral son claros y alegres. Todo ser sano tiende a multiplicarse. Así le sucede a Don Juan. Pero, además, los tristes tienen dos motivos para estarlo: ignoran o esperan. Don Juan sabe y no espera...Esta vida le colma y nada es peor que perderla. Este loco es un gran sabio" (El Mito de Sísifo).
La ristra de adjetivos que tanto Tirso de Molina como Zorrilla le regalan es opuesta a los que se le podrían atribuir a Hamlet, e infinita, como hace ver García Pavón en el prólogo a esta edición: "castigo de mujeres, engañador, gozador, cruel, burlador de España, langosta de mujeres, Lucifer, profanador, víbora, traidor, cobarde, vil caballero, desatinado, hijo inovediente, de maldad ligera, fiero enemigo, homicida de honras, alevoso, detestable, loco, pirata, diablo en carne mortal, peor que el fuego, aborto del abismo, jugador con ventura, monstruo, vil, audaz y malvado, orgullo necio de necio desenfreno, monstruo de liviandad, hijo de Satanás, libertino, sin alma, sin corazón, una furia, osado, hombre infernal, alma impura, calavera, escandaloso, engañador, atropellador de razón, escarnecedor de virtud, burlador de la justicia, vendedor de mujeres, orgulloso, demonio".
¿Cuál es el peor castigo que se le puede infligir a un ser así? Ya que no obedece por las buenas, habrá que volverle loco, hacerle confundir la realidad con la imaginación. Esa es la venganza que se ejerce sobre Don Juan. Es algo así como la lobotomía que se le practica a Randle MacMurphy, un espíritu libre que nada a contracorriente, en Alguien Voló sobre el Nido del Cuco o la tortura practicada sobre Winston Smith en 1984 hasta que declara su amor al Gran Hermano. Los tres son salvados a costa de hacerles perder su lucidez y su contacto con la realidad. Por eso es por lo que podemos llegar a sentir compasión por un ser tan vil y despreciable. Las palabras de Don Juan suplicándole al espectro de doña Inés reflejan el desconcierto y aturdimiento que siente ante la aparición de tantos espectros:
"Tente, doña Inés, espera.
Y si me amas en verdad,
hazme, al fin, la realidad
distinguir de la quimera.
Alguna más duradera
señal dame, que segura
me pruebe que no es locura
lo que imagina mi afán,
para que baje don Juan
tranquilo a la sepultura.
Mas ya me irrita, ¡por Dios!
verme de todos burlado,
corriendo desatentado
siempre de sombras en pos" (p. 366)
Más tarde, en el panteón, dice:
¡Jamás creí en fantasmas...! ¡Desvaríos!
Más del fantasma aquel, pese a mi aliento,
los pies de piedra caminando siento,
por doquiera que voy, tras de los míos.
¡Oh! Y me trae a este sitio, irresistible,
misterioso poder...
¡Falta de allí su estatua...! Sueño horrible,
déjame de una vez... ¡No, no te creo!
Sal, huye de mi mente fascinada,
fatídica ilusión... Estás en vano
con pueriles asombros empeñada
en agotar mi aliento subrehumano.
Si todo es ilusión, mentido sueño,
nadie te ha de aterrar con trampantojos;
si es realidad, querer es necio empeño
aplacar de los cielos los enojos.
No; sueño o realidad, del todo anhelo
vencerle o que me venza; y si piadoso
busca tal vez mi corazón el cielo,
que le busque más franco y generoso.
La efigie de esa tumba me ha invitado
a venir a buscar prueba más cierta
de la verdad en que dudé obstinado...
Heme aquí, pues; Comendador, despierta" (p.374)
Don Juan es presa de la peor tortura: no consigue diferenciar ilusión de realidad, él, que ha sido el hombre más realista y apegado a la tierra. Actualmente, desde Freud, son voces internas las que nos torturan, como la de de Riggan en Birdman, o la de Herbal en El Lápiz del Carpintero. Antes, en el Romanticismo, eran espectros. Ante ellos, finalmente, Don Juan cede, pasa por el aro, se rinde y cree. Solo la locura le salva de ser condenado.
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(1) Rosset, C. 2008. Principios de Sabiduría y de Locura. Marbot Ediciones (p. 83)
(2) Ibid., p.156
Don Juan, ante el milenio
lunes, 20 de enero de 2020
Travels in the Scriptorium
Auster, Paul. 2007. Travels in the Scriptorium. Faber and Faber Limited
Estamos ante pura metaficción. De la misma forma que ya lo fue Unamuno en Niebla, el escritor Mr. Blank es visitado por sus creaciones. Pero, a diferencia de aquella, en la que Unamuno era claramente el dueño de la situación y el que disponía de la vida de su personaje, en este caso el escritor es el prisionero de ellos: lo tienen encerrado en una habitación de la cual no puede salir, aunque no sabe muy por qué, pues nunca llega a comprobar si está cerrada con llave.
"His mind is elsewhere, adrift in the past as he wanders among the phantom beings that clutter his head, struggling to answer the question that haunts him" (p.2).
El escritor no está en sus cabales. No sabemos si es víctima de Alzheimer, si sufre los estragos de una demencia senil acuciante, si está bajo los efectos de una medicación que le impide pensar con normalidad, si es el aislamiento al que está sometido la causa de su falta de lucidez, o si todo se debe a los extravíos de una mente apartada de la realidad por su incursión constante en el mundo de la fantasía, que ha conseguido enloquecerle. O quizás todo a la vez. La novela se desarrolla en el interior de la mente de un escritor mayor que no es otro que el mismo Paul Auster mientras es visitado por los fantasmas de su creación.
"The fact is, Mr Blank, without you I wouldn't be anyone" (p.22), le dice Anne, uno de sus personajes. "It's important to me, Mr Blank. My whole life depends on it. Without that dream, I'm nothing, literally nothing" (p.53), le dice James P. Flood, otro de ellos. Son conscientes de que le deben la vida, pero a la vez le recriminan sus penalidades como a un dios omnipotente que permitiera sus sufrimientos. ""I blame you for what's happened to me. I most sincerely blame you, and I despise you for it" (p.53). Hay uno que incluso quiere acabar con él. El escritor comprende que sus personajes no son más que sus víctimas, que buscan venganza.
"The damned specters, Mr Blank says. They're back again. Specters? My victims. All the people I've made suffer over the years. They're coming after me now to take their revenge" (p. 81). "...The poor people who suffered so much because of him, and that is why he is confined to this room now, no longer permitted to travel anywhere, stuck inside these four walls because he is being punished for the grave harm he has inflicted on others" (p. 90).
Los personajes de ficción han cobrado vida propia, como en la obra de Pirandello, y se han rebelado contra su autor y son ellos los que ahora controlan la situación. Lo tienen secuestrado, atrapado en el mundo que el mismo creó. Él es ahora víctima de su propias creaciones, de las cuales no puede escapar, pues se han hecho tan reales que ahora son los que controlan la situación y le tienen condenado a no poder salir de ese mundo de ficción para volver a la realidad. Estos personajes, que aparecen y desaparecen como espectros, le obligan a seguir viviendo en el mundo de la ficción. Le ponen como tarea leer historias y terminarlas, hasta que se da cuenta de que una de ellas es ésta misma, la que estamos leyendo, de la cual él es el protagonista. El autor se convierte así en un personaje más; él mismo se hace ficción, apartándose por completo de la realidad, siendo éste su castigo.
¿Pueden los productos de la imaginación llegar a fagocitarnos hasta tal punto que nos hagan sus prisioneros y lleguemos a perder la noción de realidad? ¿Puede la literatura llegar a convertirse en locura?
"La imaginación, tanto como impulso autoinducido por uno mismo como sumergiéndote en una obra de ficción (y eso es lo que prefiero de la literatura, que me permite imaginar con más facilidad) te lleva a otros mundos. La cuestión surge cuando, muchas veces, esos mundos te parecen más reales que la propia realidad. Vivimos en una realidad física, pero el cerebro puede inventar las cosas, los pensamientos mismos son parte de esa realidad. Hay un elemento fantástico en cualquier vida cotidiana, pero tiene que ver exclusivamente con nuestra propia cabeza. Sucede que uno no sabe realmente en cuál de esas dimensiones está viviendo, dónde está la frontera." (1)
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(1) Entrevista a Paul Auster en El Cultural (ver enlace abajo)
Review (New York Times)
Review (THE GUARDIAN)
Reseña (EL CULTURAL)
Reseña (The Barcelona Review)
Reseña (La Piedra de Sísifo)
Entrevista (EL CULTURAL)
miércoles, 21 de noviembre de 2018
Ébano
Kapuściński, Ryszard. 2004. Ébano. ABC, S.L.
Título original: Heban (1998)
En su libro Habitaciones de Soledad y Miedo, Vicente Romero menciona la sensación de impotencia de Kapuscinski para contar la realidad: "este mundo cambia tan deprisa, de forma tan radical y violenta, que no puedo escribir ningún libro ni dar ninguna explicación convincente" (p.9). Desde que leí el libro de Romero quería leer algo de Kapuscinski. Este año se ha estrenado una película basada en un libro suyo, Un Día Más con Vida. Todo esto me ha llevado a Ébano, el mejor libro que he leído sobre Africa hasta la fecha. Es un baño de realidad, que nos permite sumergirnos en la luz, los olores y sobre todo la gente de este continente. El reportero viaja al corazón de África y menciona como un momento especial de su periplo aquel en el que halló la casa que habitó Heinrich Barth en Tombuctú,"uno de los más grandes viajeros del mundo" (p.278).
Al leer The Sheltering Sky ya vimos la dificultad de llegar un poco más abajo de la superficie de la realidad de otro país y de otra cultura cuando uno se aproxima a ella como viajero. Este libro consigue hacernos llegar un poco mas allá, pues el autor realmente se sumerge en la realidad, sin engañarse con respecto a sus limitaciones: "el hombre blanco aparece como un cuerpo extraño, estrafalario e incongruente... el miedo no le abandona" (p. 13). Kapuscinski no quiere presumir de haber estado en África sin haber vivido en "una ciudad africana, en una calle africana y en una casa africana" (p.111), no en un hotel de lujo o un barrio "burbuja".
De esta forma, el periodista polaco llega no sólo al corazón de África, sino al de los africanos. Dice que el africano cree en tres mundos: el que le rodea (la realidad visible), el de los antepasados, y el de los espíritus, y al frente de los tres, el Ser Supremo, Dios. Todo está plagado de supersticiones, talismanes, magia, brujería y conjuros. La religión y la creencia en la existencia de una realidad paralela es una de las claves para entender Africa.
La otra clave para entender el continente está en los daños tan profundos causados por la esclavitud y la despiadada colonización: "siglos de desprecio, humillación y sufrimiento han creado en ellos un complejo de inferioridad y un sentimiento de daño moral jamás reparado que anida en lo profundo de sus corazones" (p.33).
Despues del horror de la colonización, vino la descolonización, la tercera clave de la realidad africana, para terminar de rematarla. Kapuscinski es testigo directo del proceso de descolonización e independencia de los países africanos, durante el cual la nueva oligarquía se instala sobre la injusta estructura de la burocracia colonial, sin hacerla desaparecer, sino simplemente ocupando su puesto. Las antiguas rencillas interétnicas resucitan generando sangrientas guerras civiles, cruentos golpes de estado y genocidios infames. Kapunscinski pasa revista a Idi Amin el "bayaye", Mengistu, Habyarimana, Akintola, Tubman, Samuel Doe y todos los warlords que convierten Africa en un campo de batalla y saqueo continuo.
La cuarta clave es el entorno natural: la malaria, los mosquitos, el calor inhumano, la inaccesibilidad geográfica, las sequías, la imposibilidad de luchar contra un clima cruel y atroz que conduce al fatalismo y la resignación, la decepción y el pesimismo: "un cierto aturdimiento, un entumecimiento interior que llega incluso a resultar salvador: sin ellos, el hombre no podría sobrevivir; la parte biológica, animal, de su naturaleza devoraría todo lo humano que aun conserva" (p. 115). "Se vive al día, al momento, cada día es un obstáculo difícil de superar, la imaginación no sobrepasa las veinticuatro horas, no se hacen planes ni se acarician sueños" (p.115). "En este continente la naturaleza cobra formas tan monstruosas y agresivas, se pone máscaras tan vengativas y terroríficas, coloca tales trampas y emboscadas, que el hombre, permanentemente asustado y atemorizado, vive sin saber jamás lo que le traerá el mañana... Todo -- y durante todo el tiempo -- es guerra, combate, lucha a muerte...El africano es un hombre que desde que nace hasta que muere permanece en el frente, luchando contra la --excepcionalmente malévola-- naturaleza de su continente, y ya el mero hecho de que esté con vida y sepa conservarla constituye su mayor victoria" (p.305)
Por eso el somalí Hamed contempla esta naturaleza con un cierto orgullo: "La naturaleza es ese algo a lo que no hay que oponerse, ni intentar mejorarla, ni hacer nada con vistas a independizarnos de ella. La naturaleza nos es dada por Dios y por lo tanto es perfecta. La sequía, el calor, los pozos vacíos y la muerte en el camino también son perfectos. Sin ellos, el hombre no sentiría el goce auténtico de la lluvia, el sabor divino del agua y la dulzura vivificante de la leche. El animal no sabría disfrutar de la hierba jugosa ni embriagarse con el olor de un prado. El hombre no sabría que es eso de ponerse bajo un chorro de agua fresca y cristalina. Ni siquiera se le ocurriría pensar que esto, significa , simplemente, estar en el cielo" (p.205). Kapunscinski menciona como metáfora de todo esto al escarabajo que los tuaregs llaman ngubi, que atormentado por la sed, sube como Sísifo a lo alto de la duna una y otra vez con un objetivo: sudar para poder tener así una gota de líquido que beber.
Reseña (EL CULTURAL)
Reseña (LETRAS LIBRES)
Reseña (EL PAIS)
El enviado de Dios y su cámara
El periodista polaco que escribió uno de los mejores libros sobre África
¿Nos dijo Kapuściçnski toda la verdad?
Con Herodoto en la guerra
Tapping out tales
A complicated figure (THE ECONOMIST)
domingo, 6 de octubre de 2019
Machines Like Me
MacEwan, Ian. 2019. Machines Like Me. Penguin Random House.
La última novela de McEwan nos sitúa en una ucronía: la Historia ha sido alterada de forma que vivimos en un presente totalmente diferente al actual, debido a cambios cruciales imaginados por el novelista. Ya hablamos sobre las ucronías al comentar la película de Tarantino Érase Una Vez en Hollywood. En ellas el autor siente el placer que da el poder cambiar el pasado y el presente a su antojo gracias a la ficción. Como nos dice McEwan en la misma novela, vivimos en uno solo de los mundos posibles, y somos libres de imaginar otros:
"The present is the frailest of improbable constructs. It could have been different. Any part of it, or all of it, could be otherwise. True of the smallest and largest concerns. How easy to conjure worlds in which my toenail had not turned against me; in which I was rich, living north of the Thames after one of my schemes had succeeded; in which Shakespeare had died in childhood and no one missed him..." (p.64)
En este caso, McEwan fabula con un presente en el que Alan Turing sigue vivo y ha conseguido hacer avanzar la inteligencia artificial a una velocidad mucho mayor que la actual, posibilitando la creación de robots con apariencia humana y una inteligencia y un lenguaje prácticamente indistinguibles de los humanos.
El tema de la inteligencia artificial nos ha atraído en otras ocasiones en estas páginas, tanto desde el punto de vista cinematográfico (Blade Runner) como filosófico (Homo Deus, La Destruction du Réel, El Sentido del Pensamiento), debido a sus implicaciones con respecto a la conciencia humana y nuestra percepción de la realidad. McEwan, que introduce temas científicos en todas sus novelas, utiliza en este caso la convivencia entre robots y humanos para reflexionar sobre la última frontera que diferencia a los humanos de los robos, que parece ser que no es la del lenguaje, sino la de la moral.
El libro comienza con una cita proveniente de un poema de Rudyard Kipling, 'The Secret of Machines', que enlaza con el título de la novela, que nos pone en la pista de la palabra central que ocasiona todos los problemas:
"But remember, please, the Law by which we live,
We are not built to comprehend a lie..."
Lie, Mentira: ese es el principal escollo que imposibilita la convivencia entre humanos y máquinas. La capacidad de mentir y sobrevivir en un mundo plagado de mentiras es la última habilidad que nos diferencia de las máquinas. El propio Alan Turing, que en la novela ya ha superado lo que consideraba el principal obstáculo para superar la diferenciación hombre/máquina, el lenguaje (según el famoso test de Turing), reconoce que hay algo aún más difícil que eso: la aceptación de una moral basada en la mentira permanente que permite la convivencia y la supervivencia, personal y social:
"Social life teems with harmless or even helpful untruths. How do we separate them out? Who's going to write the algorithm for the little white lie that spares he blushes of a friend? Or the lie that send a rapist to prison who'd otherwise go free? We don't yet know hot to teach machines to lie. And what about revenge? Permissible sometimes, according to you, if you love the person who's exacting it. Never, according to your Adam" (p. 303).
El tema de la mentira ya ha sido tratado en estas páginas por su omnipresencia en la vida humana (El Cerebro nos Engaña, A Mind of Its Own, Breve Historia de la Mentira). El ser humano no se conforma con procesar la realidad tal y cual es; la distorsiona y la pone a su servicio, bien para conseguir una causa justa o para lograr objetivos ilícitos. Utiliza permanentemente la mentira consigo mismo y con los demás: consigo mismo para convencerse de que sus decisiones son justas y morales, con los demás para hacerles la vida más llevadera o más difícil, según se trate de amigos o enemigos. Esto no consiguen entenderlo ni Adam ni Eve ni ninguno de los cyborgs de la novela.
¿Cómo enfrentarse diariamente a la realidad sin esa habilidad? Vivimos en un mundo que no se adapta a nuestros deseos, una realidad obstinada y cruel en muchas ocasiones, que necesita de un talento especial para sobrevivir a ella sin terminar suicidándose. Ya lo dijo Camus: "No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena de vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía" (1). Así terminan las máquinas: o suicidándose o destruyéndose al chocar frontalmente con la realidad.
Esta guerra con la realidad la resume el propio Turing en la novela:
"We create a machine with intelligence and self-awareness and push it into an imperfect world. Devised along generally rational lines, well disposed to others, such a mind soon finds itself in a hurricane of contradictions. We've lived with them and the list wearies us. Millions dying of diseases we know how to cure. Millions living in poverty when there's enough to go around. We degrade the biosphere when we know it's our only home. We threaten each other with nuclear weapons when we know where it could lead. We love living things but we permit a mass extinction of species. And all the rest -- genocide, torture, enslavement, domestic murder, child abuse, school shootings, rape and scores of daily outrages. We live alongside this torment and aren't amazed when we still find happiness, even love. Artificial minds are not so well defended. The other day, Thomas reminded me of the famous Latin tag from Virgil's Aeneid. Sunt lacrimae rerum -- there are tears in the nature of things. None of us yet know how to encode that perception. I doubt that's possible" (p.180).
¿Cómo enseñar a las máquinas a mirar para otro lado cuando ven una injusticia o se enfrentan al horror, a mentirse a sí mismas para soportar la realidad, a utilizar la mentira para conseguir objetivos y fines? Según la novela de McEwan esa es la última frontera para conseguir máquinas que sean como nosotros, capaces de sobrevivir a la realidad más feroz:
"There is nothing in all their beautiful code that could prepare Adam and Eve for Auschwitz" (p.181).
Falsear la realidad, jugar con ella para amoldarla a nuestros deseos y necesidades, pues, es lo que nos hace humanos.
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(1) Camus, A. 2012. El Mito de Sísifo. Alianza Editorial.
Review (THE GUARDIAN)
Review 2 (THE GUARDIAN)
Review (THE NY TIMES)
Entrevista (EL CULTURAL)
jueves, 21 de noviembre de 2019
Intemperie
Carrasco, Jesús. 2013. Intemperie. Seix Barral.
Hay libros y películas cuya intención no es captar esa "segunda realidad" donde habitan nuestras ensoñaciones e ilusiones, como vimos en Portrait of Jennie, sino todo lo contrario: se empeñan en atrapar la "primera realidad" en su más extrema crudeza, poniendo el énfasis en sus aspectos más terribles y sórdidos, reflejando el sufrimiento y la miseria, nuestros instintos primarios, nuestras vísceras y hedores, la lucha brutal por la supervivencia. En nuestra literatura el Realismo ha ocupado siempre un lugar preponderante, y ya desde la picaresca se ha encargado de retratar la realidad más sangrante, que aún lo es más cuando es la infancia la que la sufre y sobrevive en el despiadado mundo de los adultos. En otras latitudes, pocos se han preocupado más de transportar esa realidad al papel que Charles Dickens, con sus realistas descripciones del sufrimiento de los niños en la era de la Revolución Industrial. En el cine, el neorrealismo italiano dejó obras maestras como Ladrón de bicicletas o en la actualidad lo siguen haciendo películas como Capharnaum.
Ese realismo llevado a límites que algunos pueden calificar de lacrimógenos por un lado o pornográficos por otro, fue tensionado y exprimido en nuestra literatura de posguerra por una corriente que vino a llamarse tremendismo, cuya obra más representativa fue La Famila de Pascual Duarte de Cela. En ella abundan los seres marginales, objeto de una profunda injusticia o vejación, determinados por sus condiciones sociales, en muchos casos con defectos psíquicos o físicos, víctimas de la violencia y de circunstancias atroces que les empujan a vivir en un mundo casi animal y donde las necesidades primarias y básicas son la urgencia inmediata. En este sentido también se incluyen algunas obras de Delibes como Los Santos Inocentes.
Este es el marco donde se inscribe Intemperie. Apenas hay diálogo (hay solo dos diálogos de pocas líneas en toda la novela), pues el lenguaje es un artificio que suplanta la realidad y solo hay que utilizarlo lo justo y necesario para la supervivencia. Es lo contrario de lo que Unamuno quería hacer en sus nivolas, basarlas por completo en el diálogo (ver la entrada sobre Niebla). Aquí no hay niebla, ni bruma, ni límites imprecisos entre ficción y realidad. Aquí hay un sol abrasador que castiga permanentemente, una luz cegadora por su claridad excesiva; no hay duda de la realidad porque el sufrimiento extremo es la más palpable prueba de que algo es real. Los dos protagonistas, el niño y el cabrero apenas hablan, solo con frases cortas y necesarias: "la manta", "a cenar", "atiende".. Los dos protagonistas no tienen nombre, porque los nombres también son algo superfluo, una etiqueta, una careta, una ficción, un personaje que se superpone a nuestra real identidad: a la hora de sufrir, de pasar hambre y sed, todos somos iguales, no hay nombres propios, solo el nombre común de humanos.
En la novela hay defecaciones, orines, sudores, olores nauseabundos. El paisaje no puede ser más árido y simple, casi desértico. Los animales son cabras, lagartos, conejos, hurones, sin ninguna connotación mágica ni animista. Las lagartijas de Alfanhuí o de Obabakoak no tienen ningún papel aquí: no destilan pociones mágicas ni se introducen en los cerebros para urdir historias. Aquí no hay realismo mágico ni cuentos de hadas ni huida de la realidad a través de la fantasía. Aquí la única función del animal es, para las cabras, dar leche o para el hurón, atrapar liebres. Hemos visto ya en otros libros la importancia de la imaginación y la fantasía en el mundo infantil como vehículo de comprensión (y huida) de la realidad (como Rabos de Lagartija, por ejemplo, también ambientada en la posguerra). En Intemperie no hay nada de eso. Los únicos sueños que tiene el niño son pesadillas y solo se permite una ensoñación en toda la novela, que reproduzco aquí porque es la única concesión a la fantasía:
"A medida que amanecía se empezaron a distinguir los montes al fondo. La llanura como un mar que se detenía al pie de las elevaciones del norte. En aquel momento, solo un trampantojo acuoso. Una empalizada, un hito o el recuerdo de que podría existir un lugar en el que respirar mejor. La visión brumosa de aquellas montañas le producía una atracción magnética. Se imaginó a sí mismo al final de la llanura, justo al pie de las primeras estribaciones. Le acompañaban el cabrero y los animales...en su ensoñación, el rebaño había crecido y se esparcía a lo largo y ancho de una meseta verde y fragante. Hacia el norte, las montañas seguían ganando altura... desde su atalaya de abundancia, convocaría a los ángeles y los arcángeles para que llevaran a su pueblo la lluvia que devolviera a los trigales la fertilidad perdida. Regresarían los hombres y sus familias, ocuparían sus antiguas casas y el silo se llenaría de nuevo. Todos nadarían ahítos de riquezas, el alguacil recibiría sus tributos y nadie más volvería a acordarse del niño desaparecido" (p.164).
Este es el único instante de ilusión o alucinación en la novela, pero enseguida se produce la vuelta a la realidad: raíces para alimentarse, orín para desinfectarse, hormigas cubriendo los cadáveres, moscas, excrementos, un hombre sin piernas y un sol calcinante. Aquí hay un malo muy malo como en El Laberinto del Fauno, pero no hay faunos ni laberintos por donde escapar. El cabrero sí tiene una vía de escape: su biblia, pues es un hombre religioso. Pero el niño no tiene ni eso. Cuando el cabrero le propone volver para enterrar el cadáver del lisiado porque "también él es hijo de Dios", el niño le responde: "Quiere que muramos, el hijo de Dios" (p.162). La religión solo le recuerda al cura sobre el púlpito, "la casulla amarillenta, el dedo en alto, la curvatura de su vientre y su saliva lloviendo sobre los feligreses. El justo y el fariseo, el sabio y el necio, el manso y el sátrapa, la meretriz y la madre. Las categorías con las que se tejían, al parecer, los designios del Señor y sus opuestos. Sermones que no le iluminaban. Pensó que el infierno que le esperaba al final de sus días no debía de ser muy diferente del sufrimiento en el que vivía. Que aquel pozo flamígero, cargado de almas negras, bien podría ser el llano con su caterva de mezquinos" (p.154). Todo es infierno y Dios no supone ninguna esperanza, pues es al fin y al cabo el creador de todo esto:
"Luego volvió a la puerta y allí permaneció mientras duró la lluvia, mirando cómo Dios aflojaba por un rato las tuercas de su tormento" (p.221).
Esa es la única esperanza proveniente del cielo: un respiro de un rato. Y esta es la única salvación real a la que agarrarse: la solidaridad humana basada en la dignidad y la confianza mutuas.
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Reseña (REVISTA DE LETRAS)
Reseña (LA PIEDRA DE SÍSIFO)
Entrevista (ABC)
Entrevista en YOUTUBE
Benito Zambrano ha realizado una película basándose en la novela:
jueves, 12 de marzo de 2020
La Peste
Camus, Albert. 1997. La Peste. Pocket Edhasa.
(Publicada originalmente en 1947)
La novela de Camus ha sido interpretada de múltiples maneras, según el momento histórico. Una gran parte de la crítica la ha identificado con una alegoría del nazismo y la ocupación de Francia por el Tercer Reich. Cada época y cada persona puede verlo desde el punto de vista de su propia trayectoria social y vital, pues la obra en sí no refleja más que la actitud de los seres humanos ante una realidad que les es adversa. Esta realidad hace que el ser humano se sienta como confinado, como en una prisión, ya sea de un tipo o de otro, como aparece en la cita de Defoe que prologa el libro (1). Puede tratarse de un naufragio, una epidemia, una guerra, un terremoto o un tsunami: todas estas situaciones tienen en común que ponen en relevancia la insignificancia del ser humano ante una realidad que le supera, que le humilla y le arrastra, y las diferentes maneras de situarse ante ella sin perder la dignidad. Esas diferentes actitudes están representadas en el libro a través de varios personajes protagonistas, pero la frase clave la dice un personaje secundario, un viejo asmático, al final de la novela: "¿Qué quiere decir la peste? Es la vida y nada más" (p.283). La peste no es más que la realidad, la realidad que se impone, que manda; la "taciturna realidad", que diría Lucrecio, silenciosa, sin sentido, más allá del bien y del mal, a la que cada uno se enfrenta como puede y sabe. Desde mi punto de vista, podemos cambiar las palabras "peste y "plaga" por la palabra "realidad" a lo largo de toda la novela.
En un principio, como siempre, el ser humano no la quiere ver, mira para otro lado, no la acepta, de la misma manera que ocurre en La Muerte en Venecia, de Thomas Mann. "La plaga no está hecha a la medida del hombre , por lo tanto el hombre se dice que la plaga es irreal, es un mal sueño que tiene que pasar" (p.40). Poco a poco, no queda otro camino que la aceptación de lo que ocurre. "Entonces comprendíamos que nuestra separación tenía que durar y que no nos quedaba más remedio que reconciliarnos con el tiempo. Entonces aceptábamos nuestra condición de prisioneros, quedábamos reducidos a nuestro pasado, y si algunos tenían la tentación de vivir en el futuro, tenían que renunciar muy pronto, al menos, en la medida de lo posible, sufriendo finalmente las heridas que la imaginación inflige a los que se confían en ella" (p. 70) No cabe, pues, abandonarse en brazos de la esperanza o la imaginación, postura que no lleva a ninguna parte. Algunos se refugian en el sueño del pasado o del futuro, sin querer mirar de frente lo que ocurre: "El mundo exterior que siempre puede salvarnos de todo, no querían verlo, cerraban los ojos ante él, obcecados en acariciar sus quimeras" (p. 72). Muchos ciudadanos se alivian con la creencia en profecías, recurriendo a Nostradamus y Santa Odilia . "Lo que había en común en todas las profecías es que, en fin de cuentas, eran todas tranquilizadoras. Solo la peste no lo era" (p. 205.206)
La postura más cabal la vemos en el doctor Rieux, que encuentra la dignidad en el trabajo diario, en la dedicación para afrontar la peste, sin más objetivo que ayudar y paliar los efectos de ésta: "Lo esencial era hacer bien su oficio" (p.43). Rieux quiere afrontar la plaga con lucidez y sentido común, sin grandes aspavientos ni falsas ilusiones: "El mal que existe en el mundo proviene casi siempre de la ignorancia, y la buena voluntad sin clarividencia puede ocasionar tantos desastres como la maldad" (p. 124). Su única ambición es actuar como un ser humano con otros seres humanos, sin ningún tipo de trascendencia o filosofía que vaya más allá de la mera humanidad y ayuda. "Yo me siento más solidario con los vencidos que con los santos. No tengo afición al heroísmo ni a la santidad. Lo que me interesa es ser hombre" (p. 236), le dice a Tarrou.
Tarrou quiere encontrar el camino hacia la paz interior y la santidad en medio del horror. "Lo único que me interesa es encontrar la paz interior" (p.31). Su camino se encuentra en la voluntad y la atención, pues es la única manera de hacer frente a la realidad con integridad y dignidad. Cuando se confiesa a Rieux, le dice: "lo que es natural es el microbio. Lo demás, la salud, la integridad, la pureza, si usted quiere, son un resultado de la voluntad, de una voluntad que no debe detenerse nunca. El hombre íntegro, el que no infecta a casi nadie, es el que tiene el menor número posible de distracciones. ¡Y hace falta tal voluntad y tal tensión para no distraerse jamás!" (p.234). La de Tarrou es, pues, una actitud vigilante y combativa que empuja a la solidaridad con los que sufren: "Sé únicamente que hay en este mundo plagas y víctimas y que hay que negarse tanto como sea a uno posible a estar con las plagas" (p. 235). Tarrou no es religioso, pero sí le da una importancia absoluta a la vía del compromiso con uno mismo para llegar al compromiso con los demás: "En resumen, lo que me interesa es cómo se puede llegar a ser un santo" (p.236).
Por otro lado, el Padre Paneloux se refugia en la oración y en la plegaria, viendo en todo un plan divino. En un principio ve la peste como un castigo divino. Según él, la única salida es la esperanza cristiana y el amor, y "Dios haría el resto" (p. 95). En su segundo sermón avanza en su visión de la actitud que el cristiano ha de tener hacia la plaga, y proclama que ésta ha de ser de aceptación absoluta. "El cristiano se abandonará a la voluntad divina aunque le sea incomprensible. No se puede decir decir: "Esto lo comprendo, pero esto otro es inaceptable" (p. 209). Tarrou le da la razón: "Cuando la inocencia puede tener los ojos saltados, un cristiano tiene que perder la fe o aceptar tener los ojos saltados. Paneloux no quiere perder la fe: irá hasta el final" (p. 212). La fe ofrece un camino de aceptación ciega de la realidad, pues no tenerla llevaría al creyente a una confrontación con los planes divinos cuando estos son incomprensibles para el hombre. No es una actitud lúcida, pero sí reconfortante.
Para otros, como Rambert. el único objetivo es salir de la ciudad y volver a reunirse con su esposa, huir hacia el lugar donde se encuentra la felicidad. Grand encuentra consuelo en el arte, en la escritura, y pone todo su empeño en la redacción de un manuscrito cuya perfección le obsesiona. Matiza la misma frase una y otra vez, meticulosamente, cambiando adjetivos sin llegar nunca a estar contento. Quiere encontrar en la literatura la perfección que no encuentra en la realidad, quizás. El viejo asmático cree que lo que hay que hacer es, simplemente, no hacer nada: "En el descenso los días del hombre ya no le pertenecían, porque le podían ser arrebatados en cualquier momento, que por lo tanto no se podía hacer nada con ellos y que lo mejor, era, justamente, no hacer nada" (p. 112). Es el representante de la actitud fatalista ante la realidad. Finalmente, Cottard, personaje extraño que comienza con un intento de suicidio, termina por adaptarse bien a la plaga, pues al vivir en la desgracia y la infelicidad, se consuela al ver que ésta abunda por todas partes. "Prefiere estar sitiado con todos los otros a estar preso solo" (p. 181).
En muchos momentos del libro se expresa la idea de que para la mayoría de la gente la única manera de sobrevivir a la dura realidad es la esperanza. "No había sitio en el corazón de nadie más que para una vieja y tibia esperanza, esa esperanza que impide a los hombres abandonarse a la muerte y que no es más que obstinación de vivir" (p. 241). Algunos la perdían, y "caían en un escepticismo profundo del que ya no podrían deshacerse. La esperanza no podía prender en ellos" (p. 250). Otros, en cambio, se agarraban a ella de tal manera que los hacía consumirse de ansiedad: "El viento de la esperanza que se levantaba había encendido una fiebre y una impaciencia que les privaban del dominio de sí mismos" (p. 250). Finalmente, otros, preferían no abusar de ella y dejarla para cuando la salida fuera más segura, aunque ya empezaba a vislumbrase el final de la plaga. "Éstas concebían también esperanzas, es cierto, pero hacían de ellas un depósito que dejaban en reserva y al que se proponían no tocar hasta tener verdaderamente derecho. Esta espera, esta vigilia silenciosa a mitad del camino entre la agonía y la alegría, les resultaba aún más cruel en medio del júbilo general" (p.252). La esperanza, ese arma de doble filo de la que ya nos hemos ocupado en otras muchas ocasiones (2), que puede llevar a la creación de espejismos, pero que a veces es la única vía de escape del hombre común y corriente ante la realidad.
Casi al final del libro, Rieux reflexiona sobre la esperanza en un párrafo que merece la pena citar en su totalidad.
"Todo lo que el hombre puede ganar al juego de la peste y de la vida es el conocimiento y el recuerdo. ¡Es posible que fuera a eso a lo que Tarrou llamaba ganar la partida!... Pero si eso era ganar la partida, qué duro debía ser vivir únicamente con lo que se sabe y con lo que se recuerda, privado de lo que se espera. Así era, sin duda, como había vivido Tarrou, y con la conciencia de lo estéril que es una vida sin ilusiones. No puede haber paz sin esperanza y Tarrou... había vivido en el desgarramiento y la contradicción y no había conocido la esperanza. ¿Sería por eso por lo que había buscado la santidad y la paz en el servicio de los hombres?" (p. 269).
Quizás la renuncia a la esperanza esté sólo en manos de los sabios y los santos, que saben convivir con la realidad tal cual es, sin ilusiones de ningún tipo.
" Qu'est-ce que ça veut dire, la peste? C'est la vie, et voilà tout".
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(1) "Tan razonable como representar una prisión de cierto género por otra diferente es representar algo que existe realmente por algo que no existe". La cita proviene del libro Serious Reflections During the Life and Surprising Adventures of Robinson Crusoe: With his Vision of the Angelick World, de Daniel Defoe.
(1) El Coronel No Tiene Quien le Escriba, Esperando a Godot, La Felicidad, Desesperadamente, El Principio Esperanza, El Mito de Sísifo, De l'Autre Côté de Désespoir, entre otros.
Introducción y análisis del libro en la edición de la Colección Antares (LIBRESA)
Review (THE GUARDIAN)
Review 2 (THE GUARDIAN)
Review 3 (THE GUARDIAN)
El hombre rebelde de la peste (NOCTURNARIO)
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