Maugham, W.S. 1995. The Moon and Sixpence. Dover Publications, Inc.
La lectura de la novela de Vargas Llosa El Paraíso en la Otra Esquina me ha generado un gran interés por la vida de Gauguin, por tratarse de una personaje tan peculiar que abandonó su vida burguesa de una forma radical para dirigirse en busca de un sueño y un posible paraíso. Somerset Maugham también abordó la vida de este pintor desde un punto de vista muy personal, pues en este relato corto nunca cita a Gauguin de manera expresa, pero las coincidencias de la vida de un supuesto pintor inglés llamado Charles Strickland son indudables con la vida de Gauguin, por lo que en cierta manera es otra especie de biografía novelada de la vida del pintor, con las licencias literarias que Maugham quiso tomarse.
Maugham pone el énfasis en un hombre poseído por una especie de demonio del que no sabe ni quiere liberarse. "I got again more strongly the impression of a man possesed. He did not seem quite sane... He lived in a dream, and the reality meant nothing to him" (p.57).
Strickland / Gauguin es una hombre con dos obsesiones. Por un lado, pintar lo que ve: "I only want to paint what I see" (p. 58). Y por otro, el sueño de un paraíso perdido en una isla remota: "Sometimes I've thought of an island in a boundless sea, where I could live in some hidden valley, among strange trees, in silence. There I think I could find what I want" (p. 58).
El narrador de la novela persigue a Strickland / Gauguin, por un lado aborreciendo a alguien dotado de un egoísmo sin límites que no tiene escrúpulos morales de ningún tipo con tal de conseguir su sueños y por otro lado fascinado por la psicología de un personaje poseído por una ambición tan fuerte y a la vez tan insondable.
"I do not know what infinite yearning possesses you, so that you are driven to a perilous, lonely search for some goal where you expect to find a final release from the spirit that torments you. I see you as the eternal pilgrim to some shrine that perhaps does not exist. I do not know at what inscrutable Nirvana you aim" (p. 114)
Strickland / Gauguin es una persona que no acepta su realidad y necesita escapar de ella, en permanente fuga. Esa huida necesita valor y coraje, y esa es la parte del personaje que nos atrae. Por otra parte, esa necesidad de huir a toda costa, le hace llevarse por delante lo que haga falta sin reparar en daños, y eso nos escandaliza y repugna. Esta mezcla de sentimientos lleva al narrador finalmente a la compasión, porque ve a una persona esclava del ansia que la consume. Estos sentimientos ambivalentes me ha recordado al personaje de Madame Bovary.
"I have an idea that some men are born out of their due place... Perhaps it is this sense of strangeness that sends men far and wide in the search for something permanent , to which they may attach themselves" (p. 135).
"He was eternally a pilgrim, haunted by a divine nostalgia, and the demons within him was ruthless. There are men whose deisre for thuth is so great that to attain it they will shatter the very foundation of the world. Of such was Strickland, only beauty with him took the place of truth. I could only feel for him a profound compassion" (p. 147)
Finalmente, en la Polinesia, Strickland / Gauguin encuentra el paraíso que buscaba y lo pinta en las paredes de su casa.
"It was strange and fantastic. It was a vision of the beginnings of the world , the Garden of Eden, with Adam and Eve -- que sais-je? -- it was a hymn to the beauty of the human form, male and female, and the praise of Nature, sublime, indifferent, lovely, and cruel" (p. 158)
¿Por qué decide quemar su obra una vez encontrado el paraíso? Esta necesidad de quemar el sueño una vez conquistado me recuerda al Libro de las Ilusiones de Paul Auster. Quizás al artista que busca en el arte simplemente la necesidad de una realización personal y una forma de expresar su inquietud le da exactamente lo mismo lo que posteriormente pueda ocurrirle a su obra, pues ya ha cumplido su función: la consecución de un sueño.
"He had achieved what he wanted. His life was complete. He had made a world and saw that is was good. Then, in pride and contempt, he destroyed it" (p. 159).
Vargas Llosa, Mario. 2003. El Paraíso en la Otra Esquina. Alfaguara.
"Tenemos que obligar a la realidad a que responda a nuestros sueños, hay que seguir soñando hasta abolir la falsa frontera entre lo ilusorio y lo tangible, hasta realizarnos y descubrir que el paraíso perdido está ahí, a la vuelta de todas las esquinas".
"Jugaban al Paraíso, ese juego que, según tu madre, habías jugado en los jardines de Vaugirard con amiguitas de la vecindad, bajo la mirada risueña de don Mariano. ¿Te acordabas, Florita? "¿Es aquí el Paraíso?" "No, señora en la otra esquina." Y, mientras la niña, de esquina en esquina , preguntaba por el esquivo Paraíso, las demás se divertían cambiando a sus espaldas de lugar... Bueno, qué tenía de raro, ¿no era una aspiración universal llegar al Paraíso? "
La primera cita es de Cortázar, la segunda pertenece a la novela de Vargas Llosa. ¿Es una casualidad que en ambas se hable del Paraíso y de esquinas? En la cita de Cortázar, se nos impele a buscar el paraíso, asegurándonos que lo encontraremos a la vuelta de cualquier esquina. En la cita de Vargas Llosa, la búsqueda no es más que un juego, una ilusión: cada vez que creamos haber encontrado el paraíso, no está ahí, sino en otro lugar, como el final del arco iris.
Entre ambas citas se encuentra encerrada la tensión entre nuestras ilusiones y sueños y la realidad. Cortázar cree que podemos vencer a la realidad, que podemos doblegarla y hacer que se rinda a nuestros sueños. Vargas Llosa cree que aunque es humano empeñarse en ello, la realidad siempre nos vencerá y cuando creamos haber llegado al paraíso, éste se evaporará como un espejismo. Es una tensión subyacente en la vida de todo ser humano. Cada uno nos encontramos más cerca de uno u otro extremo dependiendo del momento de la vida en el que estemos, más ilusionado o más realista. Las dos citas tienen una idea en común, aunque parezcan contrapuestas: ¿quién no aspira al paraíso?
La novela de Vargas Llosa vuelve a centrarse en la búsqueda de las utopías, tema que ya aparece en la novela La Guerra del Fin del Mundo o en el ensayo La Llamada de la Tribu. Narra en paralelo la vida de dos personas idealistas, cada una a su manera, que lo dejan todo en pos de su búsqueda personal del Paraíso: Flora Tristán, luchadora por los derechos de la mujer y los obreros, y Paul Gauguin, que abandona su vida burguesa por la pintura y el paraíso que cree existe en la Polinesia.
Escrita con una perfeccionada técnica que alterna la tercera persona con la segunda, en aquellos casos en los que entramos en las mentes de los protagonistas para hacernos partícipes de sus diálogos interiores consigo mismos, la novela es un impresionante estudio de la psicología de sus personajes y de las razones y emociones que les llevaron a emprender, cada uno a su manera, una búsqueda a muerte del paraíso.
El Paraíso de Paul Gauguin:
"Su cabeza ya no parecía discriminar entre fantasía y realidad...decía que allá, el pueblo maorí seguía siendo el de antes, el orgulloso, libre, bárbaro, pujante pueblo primitivo en comunión con la naturaleza y con sus dioses, viviendo todavía la inocencia de la desnudez, del paganismo, de la fiesta y la música, de los ritos sagrados, del arte comunicativo de los tatuajes, del sexo colectivo y ritual y el canibalismo regenerador... llevaba un cuarto de siglo siguiendo el rastro de ese mundo paradisíaco sin encontrarlo. Lo había buscado en la Bretaña tradicionalista y católica... tampoco lo encontró en Panamá, ni en la Martinica, ni aquí, en Tahití..." (pp.208-209)
El Paraíso de Flora Tristán:
"Lo que más irritaba a Flora era la estupefacción recelosa, a veces la abierta hostilidad, con que la escuchaban hablar contra el dinero, decir que con la revolución desaparecería el comercio y hombres y mujeres trabajarían, como en las comunidades cristianas primitivas, no por acicate material, sino por altruismo, para satisfacer las necesidades propias y ajenas. Y que en ese mundo futuro todos llevarían una vida austera, sin esclavos blancos ni negros. Y ningún hombre tendría queridas ni sería bígamo ni polígamo, como tantos marselleses" (p. 222).
Ambos se empeñaron, como fieles discípulos de Cortázar, en hacer realidad sus ilusiones, y estuvieron a punto de hacerlo, pero el paraíso siempre estaba en la otra esquina, nunca en la que creían que se encontraba. ¿No es posible que el paraíso no esté jamás escondido detrás de una esquina, sino aquí mismo, en el centro de nosotros mismos, pero no sepamos verlo?
Violeta Serrano analiza la migración desde varios puntos de vista, entre ellos el sociológico y el psicológico. Desde la perspectiva sociológica, incide en una de las características de nuestra era digital, en la que las redes sociales han favorecido que nos refugiemos en nuestras burbujas en las que creamos una cómoda segunda realidad para sentirnos protegidos y a gusto, pudiendo olvidar el resto. De esta forma, terminamos relacionándonos solo con los que piensan igual que nosotros. "Tu huella digital convierte tu entorno en una cámara eco de la que ni siquiera eres consciente" (p.168). Todo lo que ocurra fuera de nuestra burbuja, lo diferente, lo extraño, nos resulta incómodo. Esto siempre ha sido así, pero indudablemente esta huida de la realidad es propiciada por las redes sociales.
Esta facilidad para expandir fake news también ha fomentado los populismos y los discursos excluyentes que definen lo extranjero como corruptor de pretendidas esencias que no deben ser adulteradas: "el villano es el adversario externo inculcado en la figura del migrante, extranjero o refugiado, no español en todo caso" (p. 176). La falsedad de los mensajes no importa, lo importante es alimentar el odio a lo diferente y desconocido, aunque para ello haya que confundir ficción con realidad.
"El sujeto ideal de la dominación totalitaria no es ni el nazi convencido ni el comunista convencido, sino la gente para quien la distinción entre hecho y ficción (es decir, la realidad de la experiencia) y la distinción entre verdadero y falso (es decir, las normas del pensamiento) ya no existen" (p, 176; cita de Hannah Arendt en su obra Los Orígenes del Totalitarismo).
Hay un capítulo dedicado a la vertiente psicológica, titulado "Neuronas y prejuicios", basado en una entrevista al investigador Fernando Giráldez en el que aparecen citas muy interesantes como las siguientes:
"Operamos como un ingeniero que tiene que resolver un problema y nuestro obstáculo principal es lidiar con la realidad... El cerebro tiene unos esquemas previos donde trata de encajar lo que percibe: por eso somos prejuiciosos por naturaleza... Decía Hanna Arendt que cada especie animal vive en un mundo propio, y así es... No podemos aprehender la totalidad de lo que nos rodea, así que vivimos en una ilusión , en un sueño generado por nuestro cerebro con ocasión de los estímulos... Esta es la forma natural en que los seres humanos nos enfrentamos a la realidad: hemos de confiar en lo que percibimos, aunque no sea la realidad total. Por eso necesitamos creer... Dice Giráldez que los artistas son neurocientíficos intuitivos porque logran instrumentar las historias como si fueran realidad adivinando las reglas que nos introducen en la ficción, en la creencia" (pp.185-187).
Es la misma idea base de Sapiens de Harari: somos ante todo consumidores de historias que son el marco de referencia a través del cual aprehendemos la realidad. Los relatos populistas persiguen exactamente eso: crear un relato aprovechando nuestros prejuicios, sabiendo que somos emoción mucho antes que razón.
Pero como dice el título de otro capítulo, "la única verdad es la realidad". Para ello hay que ir a sitios como Melilla y ver la realidad de los que intentan saltar la valla y vienen engañados por "el paraíso ficcional que las mafias recrean en la miseria de las tripas de África (p.211). No podemos negar esa realidad, la de los que vienen huyendo de la miseria, del hambre, de las guerras, del cambio climático.
"El desafío que tenemos en un siglo XXI abocado a la mixtura de todo tipo es la de comprender de qué manera podemos lograr entendernos sin eliminar nuestras identidades particulares y grupales, y sin provocar odios exacerbados... hay que reconvertir el relato del odio hacia lo desconocido y empezar a amigarse con la idea de que la extranjerización de nuestra realidad no es una posibilidad, sino un hecho, y que nosotros mismos no somos más que identidades en tránsito constante" (p. 218).
Efectivamente, los migrantes no son una rareza, sino la regla del nuevo mundo global. Son quizás los que más pueden enseñarnos cómo afrontar la realidad de nuestro mundo actual, un mudo inestable, en continuo movimiento, en perpetuo cambio. Su resistencia a la adversidad, su adaptación al cambio, su resiliencia, pueden ser las principales virtudes que debemos potenciar, en lugar de encerrarnos en nuestro castillo de falsa seguridad. No son un peligro, sino una riqueza. Ese es el "poder migrante".
"¿Por qué continuar pelando por parar una avalancha que ya forma parte de nuestra misma esencia como seres de un mundo global? No hay mayor riqueza que aprender a vivir con costumbres divergentes, que nos emplacen constantemente a repensar nuestras propias afirmaciones" (p. 227)
Claeys, Gregory. 2011. Utopía. Historia de una Idea. Siruela.
Título original: Searching for Utopia. The History of an Idea.
Claeys realiza un recorrido por el pensamiento utópico que tiene muchos puntos en común con el monumental estudio de Bloch El Principio Esperanza. Es un recorrido por los ideales y sueños del ser humano, una de cuyas principales características es la imposibilidad de conformarse con la realidad, y la necesidad de crear paraísos donde acudir y agarrarse para sobrevivir a la dureza del camino.
Claeys divide el pensamiento utópico en tres etapas: la mítica, la religiosa y la positiva o institucional. Las dos primeras enlazan esta vida con otra posterior, mientras que la tercera intenta conseguir la utopía en esta vida. Claeys comienza por delimitar el concepto de utopía, circunscribiéndolo a aquello que consideramos deseable pero también plausible, distanciándolo así de los deseos, los sueños, la esperanza o la ciencia ficción.
Para Claeys, la utopía "explora el espacio entre lo posible y lo imposible... Es un lugar en el que hemos estado y del que a veces hemos huido, y un lugar todavía ignoto que aspiramos a visitar. Sin él, la humanidad nunca habría avanzado en su lucha por mejorar. Es una estrella polar , una guía, un punto de referencia en el mapa común de una búsqueda eterna de la mejora de la condición humana " (p.15).
Comienza el viaje por la era clásica, con los mitos y las edades de oro, como la que cita Hesíodo en Los Trabajos y los Días, Homero en la Odisea, u Ovidio en las Metamorfosis. Visitamos la Atlántida, la Arcadia, o la República de Platón. Después viene el cristianismo, con el Edén como cuna de la humanidad y fin del creyente, y las creencias milenaristas: la Ciudad de Dios de Juan, la Tercera Edad de la Humanidad de Joaquín de Fiore, Thomas Munzer y los anabaptistas. Dante retrata el paraíso en la Divina Comedia y Milton su pérdida en El Paraíso Perdido.
Pero no solo Europa crea paraísos. La Epopeya de Gilgamesh también habla de una mítica edad de oro, o el Libro de los Muertos, de la época egipcia clásica. El Taoísmo tiene su Tierra Pura, el Corán su Jardín, Confucio y Lao zi diseñan sociedades ideales, y el hinduismo hace referencia a las eras védicas en el Mahabarata.
Un capítulo completo está dedicado a la Utopía de Tomás Moro, preguntándose cuáles eran las intenciones del autor, si una mera crítica social de tono pesimista o un intento esperanzado de diseño de sociedad ideal.
Otro capítulo está dedicado a los Viajes al Nuevo Mundo y más allá: Avalón, la Amazonia, las tierras fabulosas del Preste Juan, las minas del Rey Salomón, el Dorado o el Pacífico (ya comentamos aquí el interesantísimo libro sobre los Mitos y Utopías del Descubrimiento de Juan Gil).
Continuamos el viaje por la era de Defoe y Swift, titulado "Sátiras e isla desiertas". Con los Viajes de Gulliver comienza un giro escéptico y pesimista hacia la distopía, al ser cada vez más evidente la distancia entre el primitivismo y la vida sencilla y la creciente complejidad de la civilización europea. La idea de que la modernidad trae consigo desasosiego e infelicidad está cada vez más extendida, y la fascinación por el primitivismo y el culto al "buen salvaje" crece.
Con la Ilustración, la utopía toma un carácter secular y se orienta hacia el progreso y deja de mirar con nostalgia al pasado. La revolución francesa da lugar posteriormente al Terror, evidenciando uno de los mayores peligros de las utopías que se quieren imponer por la fuerza.
Hay un capítulo dedicado a la arquitectura y su contribución al diseño de ciudades ideales, desde Camelot a la Nueva Jerusalén, pasando por la Ciudad del Sol de Campanella, Cristianópolis de Andreae, Icaria de Étienne Cabet o ciudades futuristas como Brasilia. Por otro lado, está la utopía como comunidad, pasando revista a los menonitas, los shakers, los zoaritas, los amish, los MORMONES, las comunas de Robert Owen y de Charles Fourier, o los hippies.
Llega la segunda era revolucionaria con pre-marxistas como Henri de Saint-Simon o positivistas como Auguste Comte, y por fin Karl Marx y su Manifiesto Comunista, ideales que terminarían en el totalitarismo staliniano, otro ejemplo del terrible fin de las utopías implantadas como un rodillo. El anarquismo también tuvo una enorme fuerza como movimiento utópico, especialmente en España.
Finalmente, llega la invención del tecnología y la fe ciega en el progreso, la fascinación por las máquinas, la eugenesia, el optimismo radical del cientificismo y la vez la aparición de miedos y distopías como Frankenstein de Mary Shelley, o Un Mundo Feliz de Aldous Huxley. Hay una reacción utópica a este progreso desmedido con Thoreau (Walden o La vida en los Bosques) o pintores como Gauguin y su fuga al supuesto paraíso de la Polinesia.
Los últimos capítulos están dedicados a la ciencia-ficción (Verne, H.G. Wells), las distopías (Huxley, Orwell) y el papel del cine y el imaginario creado por películas como Metrópolis de Fritz Lang hasta la Guerra de las Galaxias de Lucas pasando por 2001: Una Odisea del Espacio de Stanley Kubrick o Blade Runner de Ridley Scott.
Terminamos con un párrafo incluido en el último capítulo, sobre el propósito general del libro:
"En este libro hemos trazado una distinción entre la tradición de imaginar visiones finales, paradisíacas o en ocasiones apocalípticas del destino último de la humanidad, y la tradición en la cual la naturaleza humana, si se mejora, se asemeja a la conducta humana real lo bastante como para que su descripción idealizada siga siendo verosímil. El segundo de estos dos ámbitos, que está entre lo posible y lo imposible, es la utopía: no es la perfectibilidad ni tampoco es impecable, completa, final o total; no exige virtud pura y constante; no anuncia la salvación ni alguna forma de "emancipación" definitiva o de "fin de la Historia". Cuando la utopía aspira a tales metas, deviene cada vez más intolerante y forzosa y se transforma en distopía. Y es que entonces demanda la salvación en vez de la mejora, y luchar por la salvación en esta vida conduce inevitablemente a la impaciencia y por ende a la violencia contra los herejes y los fracasados. En una visión así, los refugiados de la utopía pronto superan en número a sus habitantes" (p. 204) .
La autoficción (término creado por Serge Doubrosvsky) es un género donde las fronteras entre ilusión y realidad se difuminan especialmente. Yoga, el último libro de Emmanuel Carrère, se encuentra en ese territorio incierto. ¿Estamos ante un libro de memorias? ¿Ante una novela? ¿Un diario? ¿Un ensayo? Podemos decir que es una novela por la forma; en realidad se trata de un diario con la forma de una novela.
"Tengo una convicción, una sola, relativa a la literatura, bueno, al género de literatura que yo practico: es el lugar donde no se miente. Es el imperativo absoluto, todo lo demás es accesorio, y creo haberme atenido siempre a ese imperativo. Lo que escribo es quizá narcisista y vanidoso, pero no miento" (p.157)
Carrère escribe sobre su propia vida dándole apariencia novelística, asegurando que no miente. Pero ya sabemos que la memoria en sí misma es equívoca y mentirosa, que inventa y destruye, que falsea y crea. Aún intentando decir la verdad, la memoria miente porque atraviesa la realidad a través del tamiz del tiempo. No podemos estar seguros al cien por cien de lo que recordamos. Ese lastre ya lo lleva la memoria de por sí, por naturaleza, incluso cuando queremos ser fieles a la realidad y prometemos decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.
Javier Cercas también escribe sobre estos terrenos inciertos donde la realidad y la ficción se fusionan (Soldados de Salamina, El Impostor), así como otros autores que escriben diarios novelados (como son los casos de Andrés Trapiello o Emilio Renzi) o autobiografías noveladas (como por ejemplo Ordesa de Manuel Vilas o A Corazón Abierto de Elvira Lindo). ¿Qué ocurre si a lo recordado le otorgamos además el ropaje de la narración novelesca? ¿Cómo saber entonces qué es verdad y qué es inventado?
Creo que esta pregunta no tiene respuesta, es imposible saberlo; quizás ni el mismo autor lo sabe por completo. Por eso la única opción posible es contemplar a estas obras y a Yoga como obras de ficción en su totalidad, y tratar al narrador como un personaje de ficción más, como al narrador en primera persona que podemos encontrar en cualquier novela convencional. A partir de ahora, daremos ese paso, y olvidaremos al Carrère real, a su personal lucha con la enfermedad mental, a su divorcio, a su experiencia con los refugiados griegos. Consideremos que estamos ante una novela, pura ficción. De cualquier forma, la literatura en general, incluso la que es ficción pura, siempre intenta llegar a la verdad aunque para ello se arrope de mentiras (ver La Verdad de las Mentiras, de Mario Vargas Llosa).
Una vez dentro del terreno de la ficción y ciñéndonos a él, al leer el libro acompañamos al narrador en su intento de calmar su atormentada mente con la práctica del yoga y la meditación budista vipassana.
"La única tarea a la que debe dedicarse un hombre sensato es intentar salir del samsara, esa ruedas de cambios y sufrimientos que es la condición humana, para acceder al nirvana, que es la vida finalmente real, exenta de ilusión, la vida en que se ven las cosas como son" (p. 36)
¿Pero es realmente el nirvana la realidad, o no es sino otra forma más de intentar escapar de la realidad? El narrador hace todos los esfuerzos posibles por encontrar paz mental y acercarse al final del camino, el nirvana, pero la realidad termina por colarse en la burbuja de ilusión creada en unos artificiales días de retiro. Querer aislarse de la realidad es imposible, querer acceder al nirvana no es más que otra ilusión, pues la realidad siempre termina por imponerse. Esos retiros pueden dar una sensación transitoria de paz, pero finalmente la realidad arrasa sin compasión.
Los terribles atentados yihadistas cometidos en Francia contra Charlie Hebdo irrumpen en el retiro del narrador como el sobresalto provocado por la alarma del despertador que nos saca fulminantemente de un apacible sueño. No hay más remedio que salir del estado de iluminación y volver al mundo real. Y el mundo real es atroz y problemático, y encamina al narrador a un laberinto de depresión asfixiante que solo la psiquiatría más dura y radical con todo su cargamento de farmacología y electroshocks es capaz de aplacar. Aquí ya no cabe la meditación, ni el yoga. Estos valían cuando las piezas encajaban más o menos, cuando la mente no había entrado en un terreno donde la química es más poderosa que el espíritu y las conexiones neuronales fallan estrepitosamente, haciendo imposible un mínimo de paz, lucidez y calma. Llega un momento en que querer arreglar el alma solo a través de su propia observación es como querer arreglar un ojo con miopía a base de mirar.
"¿Hay una salida de este aprieto que llamamos el mundo, la condición humana, el samsara? ¿Es posible despojarse de esta condición? ... La buena noticia es que, siempre según ellos (Patanjali, Hervé), la respuesta es sí. Es posible librarse de esa condición" (p.64)
El narrador está a punto de convencerse y convencernos de que es posible, de que existe un camino para llegar ahí, y la primera parte del libro es un excelente manual de meditación. Pero cuando uno está a punto de llegar al nirvana y empieza a levitar... se produce una caída estrepitosa y con el mismo ímpetu que un tsunami, llega la realidad y lo estropea todo, acabando con el nirvana de un sopetón.
El narrador realiza una dura crítica a la meditación cuando ésta se vuelve autocomplaciente: recuerda cuando vivió el tsunami de Sri Lanka y todo el mundo ayudaba excepto los practicantes de yoga ayurvédico "que a lo largo de esos días siguieron ocupándose del cuidado de sus cuerpos y sus almas como si nada hubiera sucedido... seguíamos oyendo sus mantras, transportados por la brisa cálida de los trópicos , sobre el poder del instante presente y la gracias de la compasión" (p.140).
¿Hay mayor acto de narcisismo egocéntrico que querer seguir llegando al nirvana a toda costa aún cuando el sufrimiento y la destrucción te rodean por doquier? El narrador llega a la siguiente conclusión:
"Por definición, todo lo que es real es verdad, pero algunas percepciones de la realidad poseen un mayor contenido de verdad que otras, y no son las más optimistas. Pienso, por ejemplo, que ese contenido es más grande en Dostoievski que en el dalái lama. Resumiendo, estaba un poco jodido con mi libro risueño y sutil sobre el yoga" (p.147)
Se lo advirtieron al narrador: la interrupción de las sesiones vipassana puede ser catastrófica y tener consecuencias imprevisibles. Y ahí comienza su descenso a los infiernos. Es una ilusión querer habitar en el nirvana. El nirvana no existe como entidad aparte: solo si comprendemos que es lo mismo que el samsara, podremos sobrevivir. Ya lo dijo Najarjuna: "Si haces una diferencia entre el nirvana y el samsara, ya estás en el samsara". El samsara, el infierno, se encuentra dentro de uno mismo.
Tras su cura con electroschocks, el narrador decide abandonar la situación privilegiada de los afortunados del mundo, y sumergirse en una realidad aplastante, urgente, imperiosa: la terrible situación de los refugiados creados por la guerra de Siria y la vergonzante actitud europea de rechazo ante su situación. Entonces comienza su aventura en la isla de Leros. Allí conoce a una serie de refugiados que proceden del campo de refugiados de Moira, en Lesbos, que le cuentan historias de sufrimiento que le hacen salir de la espiral egocéntrica en torno a su ombligo y comprender que hay una vida real más allá del regodeo en las propias neuras. La otra ayuda proviene de su amistad con Erica y de su pasión mutua por la música, en concreto por una pieza específica: la Polonesa heroica de Chopin tocada por Vládimir Hórwitz primero y por Martha Argerich después. Con la amistad de Erika y la interpretación de Martha, por fin, el narrador comprende que "existe la Sombra pero también la alegría pura, y quizás no puede haber alegría pura sin Sombra y que entonces vale la pena vivir con la Sombra. El regalo de Erica consiste en decirme que al alegría pura es tan verdadera como la Sombra. No más verdadera, no, sino tan verdadera ..." (p. 277).
Los otras muletas para seguir sobreviviendo a la realidad son la ficción pura, representada por el personaje de Frederica ("un personaje novelesco" p. 308), la sal de litio y el amor y la belleza de una joven haciendo yoga.
Escobar, Juan R. y Martín Reina, Ricardo. 2021. El Sueño de Bécquer. Somnografía de Ricardo Martín Reina. Punto Rojo Libros.
Es la primera vez que leo una novela en la que conozco al personaje principal, y ha sido muy emocionante verlo revivir en estas páginas, el mayor regalo que podríamos pensar los que disfrutamos de la amistad de Ricardo. Las páginas del libro destilan amor puro hacia él, sin caer en absoluto en la sensiblería y la lágrima fácil. Si amar es aceptar a las personas tal y cual son, eso es lo que hace el autor cuando describe los últimos días de Ricardo, tras su primera muerte y su resurrección.
Ricardo vivó entonces una ensoñación que le contó al narrador y que éste describe en capítulos que se corresponden con las fases del sueño (el adormecimiento, el sueño ligero, la transición, el sueño delta y el sueño paradójico). El autor toma la postura del descreído, el poseedor de una mentalidad científica que a todo le da una explicación racional, frente a Ricardo, éste siempre acompañado "de su bendita locura o de su coraje por seguir teniendo los pies cerca del suelo pero nunca posados en él, y también de su idealismo o romanticismo u otras acepciones que en boca de sus allegados sonaban a veces huecas" (p. 226). En el libro asistimos a la progresiva conversión del narrador, que no tiene más remedio que aceptar que la verdad es algo que va mucho más allá de los límites de la realidad.
El poeta de Ricardo era Bécquer, y con él pasó sus ultimas horas, en lo que fue una alucinación, un sueño o una realidad para su mente encerrada entre los tubos de la UCI. El libro termina resultando ser otra leyenda de Bécquer, continuación del rayo de luna, algo que el narrador termina por creer y abrazar amorosamente.
"Si alguien demandara mi opinión, le diría que Ricardo Martín estuvo verdaderamente con Bécquer o con su espíritu cuando tuvo una experiencia excesivamente cercana a la muerte, que soñó con él en esos momentos y en otros posteriores, que a veces creyó verlo estando en estado de vigilia ya que no consiguió dilucidar entre los estímulos percibidos aquellos que fueron verdaderos de los que resultaron falsos, los reales de los irreales, los que eran un cuento o los que eran una historia. Pero que en todos ellos se escondía una verdad, tan grande y tan enorme que no podía ser vista si no adoptabas cierta distancia y divisabas su horizonte entrecerrando los párpados, como él se alejó de su enfermedad y su penuria y la convirtió en período lírico" (p. 232)
Pocas veces he comprendido con tanta claridad la necesidad de aferrarse a una ilusión para aceptar la realidad cuando la vida termina, quizás porque en esta ocasión conozco perfectamente a la persona que luchaba por aferrarse a un sueño. De la misma forma que el protagonista de la leyenda del rayo de luna de Bécquer iba siempre en pos del milagro, Ricardo se dejó llevar por ese rayo para hacer más tolerables los días en los que volvió a despedirse de la vida, ya que ésta le dio una segunda oportunidad.
"Todos esperamos algo, a veces nos llevamos esperando ese algo toda la vida y no se produce nunca, y si se produce lo cambias por otra ilusión, porque no sabemos vivir si no es detrás de algún reflejo de luna, ya lo sabes bien" (p.236).
El final del libro no puede ser más bello, a la orilla del río Guadalquivir, frente al monasterio de los Jerónimos. No voy a desvelarlo, por supuesto, pero sí he de decir que me ha hecho revivir todo el espíritu de las leyendas de Bécquer y que no se me ocurre mejor despedida para el alma soñadora de Ricardo, un momento mágico en el que la ilusión y la realidad se confunden y en el que hasta la mente más racional se dejará arrastrar por la magia de los cuentos de hadas.
Cada vez que vaya a pasear por los alrededores de la cruz de Bécquer me detendré a charlar contigo, Ricardo, y luego me tomaré una cerveza en tu nombre. DEP.
Zeller, Florian. 2020. El Padre. Co-producción Reino Unido-Francia.
La fuerza de la película radica en que el espectador ve la realidad a través de los ojos del octogenario Anthony y su terrible andadura a través de una demencia senil que le va arrinconando poco a poco. Es el mismo recurso que ya fue utilizado en Una Mente Maravillosa, en la que asistíamos al deterioro que la esquizofrenia provoca en la mente de un matemático: durante una parte de la película lo que creemos que es real no es más que la alucinación del protagonista.
La interpretación de Anthony Hopkins es perfecta, así como la de Olivia Colman, la actriz que hace el papel de una hija abrumada por las circunstancias de un monstruo arrasador que ha llegado para apoderarse de la mente de su padre y con el que no sabe como lidiar. Es una realidad que cada vez aparece en más películas y novelas (como la última de Jesús Carrasco): la problemática del hijo que en la madurez de la vida se encuentra con la difícil situación de hacerse cargo del cuidado de unos padres que han llegado a una edad y un estado en el que se han vuelto dependientes, tarea para la que nunca ha sido preparado.
La película adquiere en algunos momentos apariencia de película de miedo, y es que esto es realmente lo que siente el protagonista cuando se enfrenta a una realidad que no entiende y se le torna amenazadora, ya que él ve fantasmas, suplantaciones de personas, desapariciones, y una soledad aterradora ante la que se vuelve como un niño asustado que busca el abrazo de su madre, en un intento desesperado de volver al único cobijo seguro de la infancia, la época de los miedos incomprensibles.
Una película para entender que la realidad no es lo que parece y las trampas que la vejez le tiende al cerebro.