sábado, 20 de julio de 2019

F for Fake



Welles, Orson. 1973. F for Fake. (Fraude)

"El arte es una mentira que nos acerca a la verdad". Esta frase de Pablo Picasso que aparece al final de este falso documental ("mockumentary") de Welles, que en el fondo es un ensayo, es un buen resumen de la tesis que se mantiene a lo largo del mismo, y quizás de toda la obra del director. Esta frase, que nos recuerda también al título del libro de Mario Vargas Llosa, nos advierte de la imposibilidad de acceder a la realidad de forma directa, pues su luz es cegadora y hostil. La única forma de intentar comprenderla es indirectamente, desde la penumbra, como dice José María Esquirol, o desde la ficción, como mantiene Marc Petit.

El arte nos trasciende, indaga en la parte inaccesible e incomprensible de nosotros mismos, nos revela de forma mágica misterios que de otra forma pasarían desapercibidos. No podemos comprender la realidad, sino su doble, el simulacro que el arte nos devuelve de ella en su espejo. El artista no es más que el intermediario entre la realidad y la ilusión, como un mago, que nos hipnotiza y nos hace llegar a sitios insospechados. Por eso, su firma o su autoría es lo de menos; lo importante es la ilusión que es capaz de crear en nosotros, una ventana a través de la cual poder vislumbrar un trocito de realidad. ¿Qué más da si un cuadro de Picasso fue pintado por él o por el falsificador Elmyr de Hory si incluso un experto no es capaz de notar la diferencia? Además, ¿por qué necesitamos de los expertos como si fueran sumos sacerdotes que nos indican cuando debemos emocionarnos y cuando no? ¿Qué firma de autor aparece como el creador de la catedral de Chartres? ¿Es necesaria la autoría con copyright para certificar la validez del arte?

El arte en sí mismo es falsificación, fraude, juego de manos, mentira, pero es precisamente perdiéndonos a través de su laberinto como podemos llegar al corazón de la realidad y de nosotros mismos.


La falsificación como una de las bellas artes (LA NACIÓN)

Reseña (CINESTONIA)

El último truco del mago (TIEMPO DE CINE)

Sobre el mágico engaño del arte (SUSANA FARRÉ)

Review (DANGEROUS MINDS)

Review (THE GUARDIAN)

Review (NEW YORK TIMES) 

Review (SLANT)



domingo, 14 de julio de 2019

Operación Luna


Karel, William. 2002. Operación Luna.

Se cumplen este mes los 50 años de la llegada del hombre a la luna, y es por ello un buen momento para recordar uno de los más celebrados ejemplos de lo que se llama el "mockumentary" o "falso documental". Aprovechando las características del género documental y basándose en entrevistas a personas implicadas en los hechos y una buena colección de imágenes que respalden las declaraciones, se trata de montar una supuesta trama que desvele algún secreto inesperado, histórico o biográfico, pero siempre con la necesaria verosimilitud que debe tener un documento periodístico.

El falso documental es pura ficción, pero se envuelve en el ropaje del reportaje o el informe. En nuestro mundo, totalmente dominado por la imagen y las pantallas, tiene un poderoso efecto, pues remueve los cimientos de nuestra credibilidad e inocencia, haciéndonos creer que lo falso es verdadero y llegar a comulgar con ruedas de molino. Operación Moon ha conseguido que muchos hayan llegado a creer que la llegada del hombre a la luna es pura ficción. Si no se tiene la paciencia de llegar hasta el final, toda la parte inicial y media del reportaje es absolutamente verosímil, y está reforzada sobre todo por los testimonios de personas reales que tienen un verdadera autoridad sobre la materia, que se prestan a fingir y realizar el experimento. Sólo al final, los argumentos empiezan a ser un poco más increíbles, hasta que en los títulos de crédito nos hacen plenamente conscientes del fraude al que hemos sido sometidos.

Por un lado, Operación Luna nos despierta el necesario espíritu crítico y dosis de escepticismo que debemos tener ante cualquier verdad establecida. Esta es la justificación que utilizan los autores de este tipo de documentales: la necesidad de hacernos conscientes de la facilidad con la que los medios de comunicación nos manipulan y engañan si no estamos alerta y prevenidos.

El problema llega si nos dejamos atrapar por el juego y finalmente hacemos nuestros los falsos argumentos expuestos en la película. Ya sabemos que una vez que hemos sido convencidos de algo, es muy difícil admitir que hemos sido víctimas de un montaje fraudulento. "Es más fácil engañar a alguien que convencerlo de que ha sido engañado", sentenció Mark Twain. Hay muchas personas que se han dejado convencer por esos argumentos, y han llegado a la conclusión de que la llegada a la luna fue un montaje televisivo fomentado por la guerra fría y la enloquecida carrera espacial. Estas personas exhiben su escepticismo como muestra de cordura y lucidez frente a los "crédulos" que siguen tragándose la que es, según ellos, una de las mayores estafas de la historia.

¿Dónde están los límites del escepticismo? Es una de las características de nuestra época y de la postmodernidad: la absoluta falta de certidumbre, la imposibilidad de conocer la realidad, puesto que todo lo que nos llega siempre estará mediatizado por el poder, los medios de comunicación, las redes sociales, los intereses creados, los lobbies, las fake news. Si apostamos por un escepticismo radical, siempre será más seguro no creer en nada, porque siempre pensaremos que estamos siendo engañados: ni hemos estado en la luna, ni ha existido el Holocausto, ni la tierra gira alrededor del sol, ni estamos alterando el clima de la tierra. Todo es falso, todo es un montaje. Podemos llegar a pensar que todo documental es un fake, pues siempre estará alterando la realidad y mostrándola desde una perspectiva concreta, omitiendo otras muchas partes, para intentar convencernos de una hipótesis o una teoría. Por tanto, nunca podremos sabe si lo que se nos muestra es cierto.

¿Es posible vivir con esa absoluta falta de certidumbre? ¿Es posible mantenerse vivo creyendo que no tenemos un mínimo de conocimiento fiable de la realidad? ¿Hemos de conformarnos con creer que vivimos en una gran mentira, y que todo esto no es más que una especie de show de Truman? Quizás habría que plantearse hasta qué punto este tipo de documentales hacen más mal que bien en esta época enloquecida en la que los bulos, las mentiras y las fake news se han convertido en algo más común que la información fidedigna. ¿Es necesario revolver aún más el de por sí revuelto río de la información diaria? Si a las fake news "reales", les unimos las fake news "imaginarias", ¿qué pequeña porción de realidad verdadera nos queda?


Operación Luna, el falso documental más llamativo del milenio (AGORA DE IDEAS)

50 años de conspiraciones sobre la llegada del hombre a la luna (EL PAIS VERNE)

¿Por qué nos cuesta tanto cambiar de opinión cuando nos demuestran que nos equivocamos? (EL PAÍS) 





El falso documental Operación Palace, inspirado en Operación Luna, también tuvo una gran repercusión mediática por tratar el tema del 23 F (se puede ver aquí online)

viernes, 12 de julio de 2019

El Invierno en Lisboa


Muñoz Molina, A. 2016. El Invierno en Lisboa. Colección Booklet. Planeta.

Hay novelas que pretenden atrapar la realidad, y otras que se empeñan en todo lo contrario: reflejar la sensación de irrealidad, de extrañeza, de sueño, de alucinación o ilusión que a veces nos rodea. El invierno en Lisboa es de las segundas. Cuando la leemos, tenemos la impresión de estar tratando con fantasmas, pues los seres que la pueblan se difuminan rápidamente y son imposibles de atrapar, como el humo de los tugurios, la niebla de los ríos de madrugada o la música improvisada de un solo de jazz. "Esos que pintan o escriben no hacen más que acumular pasado sobre sus hombros, palabras o cuadros. Un músico está siempre en el vacío. Su música deja de existir justo en el instante en que ha terminado de tocarla. Es el puro presente" (p.15). Así son los personajes de esta novela, puro presente, notas de música de trompeta y piano que se pierden en la noche dejando un rastro espectral: "Eso es lo malo de los bares cuando llevan mucho tiempo abiertos. Se llenan de fantasmas. Uno entra al retrete y hay un fantasma lavándose las manos. Ánimas del Purgatorio. Ectoplasmas de gente" (p.96).

Santiago Biralbo compone una canción sobre Lisboa sin haber estado allí, y ese es el mejor momento de hacerlo, según dice, porque Lisboa para él es tan solo un sueño, y no una realidad. Santiago es a la vez un sueño para Lucrecia. Existe porque ella lo ha inventado, no tiene existencia propia. "Entonces yo solo existía si alguien pensaba en mi" (p.87). Y el narrador de la historia, a su vez, piensa: "Se me ocurrió que si eso era cierto yo nunca había existido, pero no dije nada" (p.87). Realmente el narrador principal solo es una voz que existe porque nosotros lo escuchamos. No tiene ni pasado ni futuro, solo cumple la función de relatarnos algo que más bien parece un sueño. De él no sabemos casi nada, nunca llegamos a saber ni el nombre. Reconstruye la historia que le cuenta Biralbo, pero es consciente de que no es ni su recuerdo ni su historia, y quizás lo esté aderezado todo con su propia imaginación: "Ese recuerdo que agravaron la soledad y la música no pertenece a mi vida, estoy seguro, sino a una película que tal vez vi en la infancia y cuyo título nunca llegaré a saber" (p.26).

La novela es una conversación o una mezcla de conversaciones en habitaciones de hotel, bares y restaurantes en las que Biralbo le cuenta al narrador su historia, que a su vez nos la cuenta a nosotros. Bien podría llamarse el libro "Conversación en el Metropolitano", por elegir el más emblemático de esos lugares, recordando en cierta forma la técnica narrativa que ya usó Vargas Llosa en Conversación en la Catedral. Se encuentran tras un tiempo, sin calor ni energía ninguna, como dos sombras, "con la misma falta de énfasis que si hubiéramos estado bebiendo juntos la noche anterior " (p11). Biralbo, para ser aún menos real, se ha cambiado de nombre y ahora se llama Giacomo Dolphin. No sabemos bien quién es, pero sí que quiere ser lo que no es: "Yo debiera ser negro, tocar el piano como Thelonious Monk, haber nacido en Memphis, estar besando ahora mismo a Lucrecia, estar muerto" (p.22).  Lucrecia es a veces solo una L en un sobre, otras un sobre vacío, una mujer fantasma, como la de la película Phantom Lady (p.96). Ya hemos visto en estas páginas otras novelas, obras de teatro y películas donde aparecen espectros poblando la imaginación de los personajes, que sí son reales. Pero aquí los personajes mismos son los fantasmas: ""Pero el único fantasma no era Lucrecia, sino yo", me dijo Biralbo más de un año después, recostado en la cama de su hotel de Madrid" (p.145).

La única realidad de los personajes se basa en discos, en películas, en canciones, en cartas, en cuadros, o más bien en fotos de cuadros: todo es ficción, sueño, imaginación, quimera. Viven como dentro de una película de cine negro y sus vidas tienen la misma consistencia que la de Ilsa y Rick en Casablanca. "Nunca hablaban de las cosas reales, como si el silencio sobre lo que ocurría en sus vidas cuando no estaban juntos los defendiera mejor que las mentiras que ella urdía" (p.36). "Porque habían nacido para fugitivos amaron siempre las películas, la música, las ciudades extranjeras" (p.94). Todo es volátil, etéreo: las ciudades por las que pasamos como si fueran mapas, los rostros que recordamos como si fueran humo: "una ciudad se olvida más rápido que un rostro: queda remordimiento o vacío donde antes estuvo la memoria" (p.47)."Hay ciudades y rostros que uno sólo conoce para después perderlos, nada nos es devuelto nunca, ni lo que tuvimos, ni lo que merecíamos" (p.98).

Esa es la sensación sugerida permanentemente: pérdida, recuerdo fantasmal, vacío. Ves una sombra, una silueta, y cuando has querido fijarte bien, ya no está allí. Así es todo en la novela. Hay quienes la etiquetan como postmodernista precisamente por esta forma de presentar la realidad como irrealidad, como un sueño, una invención.  La vida se nos muestra como un sueño, como una película: "Películas... Eso es lo único que os importaba, ¿verdad? Despreciabais a quien no las conociera, hablabais de ellas y de vuestros libros y vuestras canciones pero yo no sabía que estabais hablando de vosotros mismos, no os importaba nadie ni nada, la realidad era demasiado pobre para vosotros, ¿no es cierto?" (p. 167)


El Juego de las máscaras (Marta B. Ferrari)

Postmodern Quest and the role of Distance in AMM's El Invierno en Lisboa 

Postmodernismo en España: el caso de Antonio Muñoz Molina



lunes, 8 de julio de 2019

Madame Bovary


Flaubert, G. 1982. Madame Bovary. Ediciones Orbis, SA (Traducción de Carmen Martín Gaite)

Ha sido una casualidad que la entrada número 100 esté dedicada a esta obra cumbre de la literatura en la que no podía reflejarse de forma más intensa y humana la tensión entre la ilusión y la realidad.

Emma Bovary es una persona que a veces se nos torna odiosa por su absoluto desprecio a la realidad que la rodea, y otras nos parece heroica por su determinación en intentar conseguir sus sueños y huir de la cárcel en la que se siente atrapada. Esta tensión está presente en toda la novela, y es la que hace de Emma una persona tan real. Flaubert la odia a veces y otras se siente totalmente identificado con ella, hasta tal punto que llegó a decir "Madame Bovary, c'est moi".

Esta dualidad en los sentimientos que Emma provoca en el lector es la gran conquista de la obra. Cada uno reconocemos en Madame Bovary nuestra parte soñadora, aventurera, arriesgada, a la que no le importa saltar precipicios o romper barreras sociales. Es la parte de nosotros mismos que se desvive por una ilusión, que monta castillos en el aire y sueña con imposibles, que huye de la durezas de las inclemencias de la vida, anhela paraísos o se deja embelesar por espejismos. Esa parte nos resulta increíblemente tierna y nos invita a tener compasión por nosotros mismos, porque en ella se revela la inocencia de la niñez o la ensoñación de la adolescencia. La tratamos con la misma dulzura que a un niño que tiembla de emoción ante la noche de reyes o a la persona que llora y solicita nuestro consuelo al comunicarnos con candidez lo inalcanzable de sus sueños. Esta es la parte que amamos de Emma.

Hay una segunda parte de Emma que nos provoca sentimientos contradictorios. En ella valoramos nuestra valentía y arrojo para salir de los cauces establecidos y las barreras que con constriñen. Sin esa voluntad arrolladora y determinada nunca habríamos conseguido nada y el conformismo nos habría dejado por siempre en el mismo lugar, inermes y a la merced del viento. Pero por otra parte esa determinación nos da miedo. Nos hace ver el posible león que llevamos dentro, la fiera que es capaz de arrasar con todo lo que encuentra a su paso, porque se encuentra herida o porque no escatima medios para conseguir su objetivo. En esa actitud asoma el individualismo más egocéntrico que nos guía como ciegos para conseguir lo que nos piden nuestros deseos y nuestros instintos, sin reparar en daños a terceros. Admiramos esta parte, y a la vez la tememos.

Por último, hay un tercer componente del carácter de Emma que nos recuerda esa aversión que a veces sentimos por lo que nos rodea, ese odio por la realidad que nos circunda, que nos asedia en forma de angustia, o de tedio, o de enfermedad, o de de sufrimiento. Ese desprecio puede llegar a convertirse en una enfermedad del alma, que no consigue ver el más mínimo detalle positivo de la vida. Esta parte de Emma nos resulta profundamente triste e insoportable, porque nos recuerda nuestra incapacidad para ser felices y nuestra obstinación en querer ver solo la vertiente mezquina, ruin y mugrienta de la realidad.

Todos los críticos coinciden en ver en Emma un Quijote femenino. Dice Harold Bloom; "Like the Don, she is murdered by reality" (1). En efecto, ambos libros nos muestran la lucha que se entabla en el interior de una persona cuando no admite la realidad tal y como es. Pero hay una diferencia clave. La lucha de don Quijote se produce por el contraste entre la realidad y su ideal. Por eso nunca dejamos de amar a don Quijote, porque nos pone en contacto con la parte idealista y utópica que todos llevamos dentro. Pero con Emma es diferente, por que los sueños de Emma nos recuerdan nuestros deseos y pasiones, nuestros instintos y anhelos más profundos y primitivos, y esa parte de nosotros mismos ya no estamos tan seguros de amarla tanto. Don Quijote sería nuestro "Super Yo", y Emma el "Ello", siguiendo la terminología de Freud, y ambos pugnan por sacarnos de la realidad del"Yo", como la eterna lucha entre Doctor Jekill y Mister Hyde.

Quizás, la verdad es que no hay escapatoria. Dice Bloom: "Freud, like some of the ancients, believed there were no accidents. Ethos is the daemon, your character is your fate , and everything that happens to you starts by being you" (2). Quizás por ello la postura final no sea ni el amor ni el odio, sino la del del marido de Emma, el pelele, que afirma al concluir la novela: "Cést la faute de la fatalité!" ("¡La culpa la tuvo la fatalidad!"). Somos así, una mezcla explosiva de realidad e ilusión. No tenemos remedio. Sólo nos queda la compasión.

"L'humanité est ainsi, il ne s'agit pas de le changer, mais de la connaître"(3).

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(1) Bloom, Harold. Genius. Warner Books (page 658).
(2) Ibid, page 657.
(3) Carta de Flaubert a Mlle Leroyer de Chantepie de 18 de mayo de 1857 (citada por Vargas LLosa en su libro La Orgía Perpetua, página 101.


Enlace al ensayo "La Orgía Perpetua" de Mario Vargas Llosa (pdf)

Reseña (DEVORADORA DE LIBROS)


domingo, 7 de julio de 2019

La Ciudad y los Perros




Vargas Llosa, M. 2012. La Ciudad y los Perros. Alfaguara. (Edición conmemorativa de la primera edición en 1962)

La primera novela de Vargas Llosa se ha convertido en un clásico que sigue tan vivo como el primer día en que se publicó ya hace casi 60 años. En 2012 apareció una edición conmemorativa de la RAE, y el libro me ha vuelto a la memoria gracias al reciente estreno de un documental llamado Mario y los Perros, dedicado a los inicios de la carrera del escritor y la gestación de la novela (ver abajo).

La novela es una obra maestra del realismo más agudo, pues intenta reflejar la realidad de aquellos años en la sociedad peruana, en concreto dentro de un colegio militar donde entraban a formar parte de su alumnado todas las clases sociales, desde hijos de burgueses hasta los becados provenientes de los estratos más bajos de la sociedad. Pero a pesar de ser localista, es absolutamente universal por varias razones.

En primer lugar, atrapa la realidad de la vida del ejército, una institución similar en casi todos los países del mundo, caracterizada por su jerarquía, disciplina, aparente orden superficial pero con un mar de fondo de violencia, crueldad y ausencia de libertad y humanidad. Esta realidad tan bien retratada en el cine antibélico por películas como Johnny Cogió su Fusil, Senderos de Gloria,  o Full Metal Jacket (por citar tres grandes) es la base de la novela, que impregna de esa atmósfera hostil, claustrofóbica y asfixiante a cada uno de los personajes.

Por otro lado, está el estudio de las relaciones entre los adolescentes en un colegio interno, independientemente de su vínculo militar, en el que la institución vela por mantener las apariencias de una moralidad, orden y disciplina que choca frontalmente con la rebeldía y fuego hormonal y violento de los jóvenes varones de esas edades. Esa violencia se transmite de arriba abajo, de forma que es el último eslabón de la cadena, los últimos que llegan, es decir, los perros, los que la sufren de forma más despiadada. Esta cadena de violencia se ha vivido de forma universal también en facultades, escuelas, internados y colegios privados, sobre todo religiosos.

Pero aparte de todo esto, lo que hace de La Ciudad y los Perros una obra maestra es la estructura que evita un solo narrador omnisciente para relatar la realidad desde múltiples puntos de vista. Ya hemos visto en estas páginas otras novelas de este tipo, como Crematorio o Sur, pues es una técnica que ya se ha hecho universal y común. Pero hace sesenta años fue todo un descubrimiento. Vargas Llosa siguió los pasos de Faulkner principalmente, en novelas como The Sound and the Fury o As I Lay Dying, donde asistimos a la descripción de una realidad poliédrica y de múltiples caras, narrada desde perspectivas diferentes y a veces contrapuestas. Así es la realidad, no es unívoca, y por eso Vargas Llosa habla a través de diferentes voces: el Poeta, el Esclavo, el Boa, el teniente Gamboa y el Jaguar, teniendo además el atrevimiento de dejar a uno de ellos sin identificar y sin revelar su identidad hasta el final de la novela.

Finalmente, la principal virtud de la novela que permite ser leída como si fuera la primera vez de generación en generación es su ambigüedad con respecto al hecho central de la historia. Ha pasado más de medio siglo y el enigma sigue sin aclararse  (y lo seguirá por siempre): cada lector nuevo tendrá que resolver por sí mismo el dilema de quién fue verdaderamente el asesino del Esclavo, o incluso si fue realmente asesinado. Vargas Llosa tuvo la genialidad de dejar esa puerta abierta, para que la literatura, al igual que la realidad, ofrezca múltiples interpretaciones.

Es memorable la cita de Jean Paul Sartre con la que Vargas Llosa encabeza el libro:

"On joue les héros parce qu’on est lâche et les saints parce qu’on est méchant; on joue les assassins parce qu’on meurt d’envie de tuer son prochain, on joue parce qu’on est menteur de naissance".

"Jugamos a ser héroes porque somos cobardes y a ser santos porque somos malvados; jugamos a ser asesinos porque nos morimos de ganas de matar al prójimo, jugamos porque somos mentirosos de nacimiento".


Presentación del documental Mario y los Perros (EL MUNDO)

¿Dónde está Vargas LLosa? A propósito de La Ciudad y los Perros

Presentación de La Ciudad y los Perros (Edición conmemorativa)

La Ciudad y los Perros (Biografía de una novela) (BLOG)

Enlace a la película de Francisco J. Lombardi


viernes, 5 de julio de 2019

Visión Fantástica o Asmodea


Goya, Francisco de. 1819-1823. Visión fantástica o Asmodea.

Volví a visitar el Prado hace poco, y la sala de las pinturas negras de Goya sigue siendo el espacio más sobrecogedor que encuentro en el museo. Hay en esa sala una extraña mezcla entre realidad y fantasía que es difícil encontrar en ninguna otra. El genial pintor se adelanta a su tiempo, al Romanticismo, al Expresionismo, al Surrealismo. No se evade por completo de la realidad, todo lo contrario, se enfrenta a ella cara a cara, a su dureza y horror, sin encontrar más salida para comprenderla que la imaginación que le da forma de monstruos, brujas y diablos.

El cuadro que he elegido entre todos tiene varios nombres: algunos lo llaman Visión fantástica, otros Al Aquelarre, otros Asmodea. Asmodeo es el diablo que aparece en el Libro de Tobías del Antiguo Testamento, que a su vez procede de la cultura persa. Esta figura mítica inspiró a Luis Vélez de Guevara para su obra El Diablo Cojuelo (1641), personaje volador que lleva por el aire a don Cleofás para introducirlo en la intimidad de las personas y poder observar sus vicios privados. Esta interpretación que identifica a los personajes voladores del cuadro con este mito procede de la primera catalogación que hizo Antonio de Brugada. Otros, como Diego Angulo, ven en esos personajes a la diosa Minerva y Prometeo volando hacia el monte Cáucaso. Para otros son, simplemente, dos brujos volando.

Sea cual sea la interpretación, el cuadro muestra tres zonas. La parte baja es la realidad: una escena bélica donde unos soldados franceses en primer plano apuntan a los jinetes del fondo, describiendo la guerra de la que Goya fue testigo y de la que nos dejó otros testimonios como Los Fusilamientos del Dos de Mayo. Pero esta obra va más allá de la mera descripción de la guerra. En la parte intermedia, vemos los dos personajes volando, que pueden ser simplemente la representación de la necesidad de escapar de la realidad. Volar es imposible, una fantasía, pero no hay otra salida. Esas dos personas no son más que la encarnación del ansia de huir, de buscar otro mundo, una salida a la locura de este. Sus rostros indican miedo, y uno de ellos se cubre para no ser descubierto en su imposible huida.

El dedo de uno de ellos señala hacia la tercera zona del cuadro. Allí vemos una mole irreal, una montaña imposible de escalar, con una especie de pueblo encima. La única forma de llegar allí es volando. Desde mi punto de vista, esa mole representa la irrealidad, la utopía, el mundo de los sueños y las ilusiones, por encima de la cruda realidad, inaccesible al menos para personas de carne y hueso, y solo conquistable por la imaginación y la magia.

El movimiento que nos sugiere Goya en el cuadro empieza pues abajo a la derecha, en la realidad, sigue la dirección de los fusiles, que nos llevan al centro con los dos personajes volando (la huida), y a su vez el dedo de uno de ellos nos remite a la parte superior derecha, la fantasía.

La sala de las pinturas negras de Goya tiene otras obras que van desde la más cruda realidad, como el Duelo a Garrotazos o el Perro Semihundido hasta visiones míticas como el terrible Saturno devorando a sus hijos o Judith y Holofernes. Y entre ellos, personajes a mitad de camino entre la realidad y la fantasía, intentando escapar de la primera y huir a otra dimensión, como los del Gran Cabrón o el Aquelarre, o La romería de San Isidro.

Todos estos cuadros acompañaron a Goya en su casa de la Quinta del Sordo, que adquirió en 1829 y pintó sobre sus muros, sin ninguna intención comercial ni comunicativa, por lo que reflejan el mundo interior del pintor de forma totalmente libre. Por todo ello, son un reflejo único y genial de la mente humana y cómo ésta se debate entre la realidad y la fantasía.


Enlace al programa "Mirar un cuadro"


lunes, 1 de julio de 2019

Léolo


Lauzon, Jean-Claude. 1992. Léolo.

La atroz, pestilente, nauseabunda, escatológica y genéticamente determinada realidad que envuelve al niño Leo Lauzon solo tiene una escapatoria que no le conduzca a la locura: su imaginación, la lectura y la escritura. Por eso se repite a sí mismo constantemente: "Porque sueño, yo no lo estoy. Porque sueño, yo no estoy loco". Leo crea un mundo ficticio que le permite sobrevivir entre (literalmente) la mierda: se inventa la ilusión de un nuevo nombre (Léolo), una nueva identidad, un nuevo padre, una nueva patria, un nuevo hogar y un amor platónico que le dan el amor y la alegría que necesita para no desfallecer.

Su abuelo es para él la causa de todos los males, porque de él procede su nacimiento en un mundo detestable. Su abuelo representa lo peor de la naturaleza humana y los bajos instintos porque Léolo es testigo de su relación pedófila con la niña vecina que a su vez representa la pureza y la belleza, el extremo opuesto a la realidad en la que vive. Por eso quiere matar a su abuelo, pero no lo consigue: es imposible romper los lazos que nos unen a nuestros genes.

Poco a poco a poco la realidad se va imponiendo, Léolo va creciendo y su imaginación va disminuyendo a costa del despertar a sus propios instintos, que van sustituyendo la pureza del amor por la satisfacción primaria de los deseos. Con la llegada de la adolescencia, Léolo termina vomitando su única vía de escape y se desvanece la ilusión cediendo a la locura que le esperaba como bienvenida al mundo de los adultos. Finalmente, el mantra de Léolo se transforma: "Porque no amo, porque me asusta amar, ya no sueño".

"A ti, la Dama, la audaz melancolía, 
que con grito solitario hiendes mis carnes 
ofreciéndolas al tedio. 
Tú que atormentas mis noches, 
cuando no sé qué camino de mi vida tomar. 
Te he pagado cien veces mi deuda. 
De las brasas del ensueño, 
solo me quedan las cenizas 
de una sombra de la mentira 
que tú misma me habías obligado a oír. 
Y la blanca plenitud no era como el viejo interludio, 
y sí una morena de finos tobillos 
que me clavó la pena 
de un pecho punzante en el que creí. 
Y que no me dejó más que el remordimiento 
de haber visto nacer la luz sobre mi soledad... 
E iré a descansar, con la cabeza entre dos palabras,
en el valle de los avasallados.”


Reseña (EL CINE EN LA SOMBRA)

Reseña (CACTUS) 

Reseña (LECTURAS SUMERGIDAS)

Léolo: del sueño -- o de la locura (BIBLIOTECA BABAB)

Análisis fílmico (FUNDACIÓN CATTELL) 

Léolo o la lucha por la vida (CATTELL PSICÓLOGOS)